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Entre el Este y el Oeste

 

 

 

¡En el nombre de Dios, el Clementísimo, el Misericordiosísimo!

Por Abu Al-Hasan Al-Nadawi

 

Prologo

 

Alabado sea Dios, Señor de todos los mundos, y la paz y bendiciones de Dios sean con el Mensajero de Dios, Muhammad Ibn Abdullah, y con su familia y con todos sus compañeros.

Esta obrita es una conferencia pronunciada por Shaij Abu Al-Hasan Al-Nadawi, «Presidente de la Liga de Ulama de India», en la Universidad de Londres, invitado por la Sociedad Islámica de esta Universidad, el 11 de octubre de 1963.

Es grato para la Casa Islámica haberlo traducido y publicado en lengua española por primera vez, pues su contenido, a pesar del tiempo transcurrido, trata cuestiones que siguen siendo de actualidad.

Refiere el autor en su conferencia la tremenda distancia entre las sociedades orientales y las occidentales y como el progreso material y técnico de las sociedades occidental es están en urgente necesidad de los valores espirituales del Oriente y las enseñanzas religiosas del Islam.

La civilización de Occidente está en decadencia progresiva y en amenaza de autodestrucción, pues carece en su base del espíritu y de los valores del Islam, que fueron traídos por todos los Profetas, desde Adam hasta el último de ellos, Muhammad -la paz y bendiciones de Dios sean con todos ellos-.

Pedimos a Dios -exaltado y glorificado sea- que esta conferencia pueda ser útil a los estimadas lectores y les empuje a ponerse en pie, en esta época materialista, y cumplir con su deber en la existencia antes de que sea demasiado tarde.

A Dios pertenecen los asuntos pasados y futuros y El es quien otorga el éxito.

Granada 10 Rabi Al-Awal 1399.

7 Febrero de 1979.

 

Entre el Este y el Oeste

 

Esta lectura fue pronunciada originalmente en árabe, el viernes día 11 de octubre de 1963, en la Universidad de London Unión, Matet Streel, London, bajo los auspicios de la Universidad de la Sociedad Islámica de Londres.

El conocido poeta inglés Rudyard Kipling ha dicho:

«El Este es el Este y el Oeste es el Oeste y nunca se encontrarán.»

 

Si bien éstas son palabras de un poeta de nuestro propio siglo, la idea que encarnan ha sido una Idea dominante por muchos años tanto en el Este como en el Oeste, y se ha arraigado hondamente en sus respectivas filosofías y literaturas, Lo que ha sucedido en este cave es Justamente lo que sucede en todas partes: ciertas ideas y tendencias de pensamiento emergen en una sociedad, Juegan su parte en orientar sus actividades y predilecciones, y entonces aparece un poeta o escritor que las expresa en palabras de belleza duradera, ganando así divulgación y son relatadas una y otra vez por la gente. Este parece haber sido exactamente el caso del famoso verso de Kipling: él expresó la idea por tanto tiempo aceptada, tanto en el Este como en el Oeste, y al hacerlo enfatizó aún más la dicotomía Este-Oeste. Incluso me aventuraría a decir que no he encontrado ninguna expresión literaria o poética que haya causado tanto daño al bien de la humanidad y al concepto de la unidad del género humano como esta idea de la perpetua división de la familia humana en Este y Oeste. No importa cuán simples y aparentemente inocentes puedan ser las palabras de Kipling, ni cuán precisamente puedan describir una situación histórica, expresiones tales como ésta, han ejercido una gran influencia en dirigir a la gente de todo el mundo a considerar al Este y al Oeste como dos entidades hostiles que nunca se pueden reconciliar. Si el Este y el Oeste se encuentran, sólo podría ser en el campo de batalla y si se reunieran en cualquier otro sitio sólo seria para un mutuo insulto.

 

Esto es lo que el Este y el Oeste han sentido durante muchos siglos. Han permanecido aparte, o bien en completa ignorancia mutua o bien poseyendo sólo un conocimiento extremadamente superficial, viendo sólo aquellos aspectos de la vida de su rival que revelaban debilidad y fealdad, más que fuerza y belleza. Su comportamiento mutuo ha estado determinado por la duda y la sospecha, el desdén y el desprecio.

 

El primer encuentro serio entre el Este y el Oeste tuvo lugar durante las cruzadas. Este encuentro no podía haber conducido a una apreciación de las cualidades del otro, ni a un entendimiento de las creencias y actitudes éticas de cada uno. Esto se debió primordialmente a la ciega hostilidad de los cruzados, que hicieron creer indiscriminadamente toda clase de relatos fantásticos acerca de las creencias y prácticas de los musulmanes. De hecho fue su prontitud para creer toda la serie de deformaciones de la verdad, tales como, por ejemplo, que los musulmanes eran brutales paganos, lo que ayudó a los instigadores de los cruzados a conducir a los luchadores cristianos a la batalla para la liberación de la Tierra Santa. Es comprensible que la atmósfera en que estas guerras se lucharon inhibió el crecimiento de la mutua apreciación, por no mencionar el anhelo por algún estudio serio de los conceptos éticos y religiosos del otro, e impidió que cada uno se beneficiara de los logros y experiencias del otro. De cualquier modo, las cruzadas no fueron enteramente inútiles, pues redujeron, si bien no hicieron puente, el golfo entre esos dos grupos de naciones y continentes.

 

Para referirnos a tiempos más recientes, un encuentro entre el Este y el Oeste tuvo lugar en el siglo 19. Esta era la época en que el Oeste, llevado por consideraciones políticas y económicas, empezaba a extender su influencia y su autoridad sobre las tierras del Este. El Oeste invadía al Este con todo lo que tenia -su civilización e industrias, sus ciencias, su cultura, su esquema de la organización del estado, tanto en lo bueno como en lo malo-. El Este, que había sido dejado atrás por el veloz Oeste en su marcha hacia el desarrollo científico y económico y hacia un orden de cosas más eficientemente organizado, fue ensordecido por la avalancha que venia del Oeste y naturalmente no se podía esperar que estuviera en el marco de entendimiento adecuado para intentar ninguna comprensión efectiva del Oeste, o para beneficiares de sus logros.

 

Otro factor que impidió toda apreciación del Oeste, si se me perdona el decirlo, era el hecho de que a pesar de sus muchos aspectos de riqueza, la civilización occidental era en su conjunto el resultado de una visión materialista del mundo y contenía más o menos todas las características de una civilización cuyo impulso religioso ha sufrido atrofia. Más aún, otro factor que obstaculizaba la justa apreciación del Oeste era -y aquí pido de nuevo su indulgencia- el fuerte sentimiento entre los occidentales de que ellos eran los dueños del Este. Esto iba emparejado con un sentimiento de superioridad racial que se manifestaba en su comportamiento individual así como en políticas generales que eran incompatibles con la dignidad humana y el espíritu de democracia: las mismísimas ideas por las que los occidentales eran aplaudidos y por las que habían luchado duramente en sus propias tierras.

 

Otra fase del impacto del Oeste sobre el Este fue el desarrollo de una actitud de sometimiento esclavizado y de un abyecto servilismo entre las gentes del Este. Empezaron a acariciar los valores e ideas occidentales, a adorar las modas y manifestaciones de la vida occidental y de la civilización occidental. Ahí nació una tendencia de imitación ciega del Oeste, que robaba a la gente del Este su personalidad distintiva así como el respeto por si mismos. Esta imitación del Oeste en todos los caminos de la vida relegó a los orientales a un segundo término, reduciéndolos a menos seguidores. Consecuentemente el Oeste no podía mirar al Este con ningún sentido de igualdad y respeto, y mucho menos de admiración y estima; ni podría buscar en el Este inspiración o guía o cosa alguna original o creativa. Como resulta. do, los asuntos llegaron a un punto en que amenazaba la completa disolución y la desaparición del Este en el seno del Oeste.

 

Más recientemente la gente del Este ha sido inundada por la idea del nacionalismo. Las naciones occidentales habían recurrido al nacionalismo como sustituto del lazo de la Iglesia Romana, y de los sentimientos religiosos que en el pasado solían exaltar su entusiasmo. Puede ser pertinente, si bien a modo de paréntesis, señalar que el Oeste mismo, habiendo esforzado por salir de esta situación y ahora mismo por el nacionalismo de mentalidad estrecha, se ha esforzado por salir de esta situación y ahora mismo está en vías de apreciar y admirar conceptos de carácter humanístico y universal.

 

En cuanto al Este se refiere, el concepto Importado de nacionalismo parece haberse enraizado tan profundamente y haberle absorvido tan abrumadoramente que, a pesar del hecho de que en un tiempo en el pasado llevaba la antorcha de la Misión Divina, ahora no se atreve a pensar otra vez en extender una mano auxiliadora al Este dándole luz y guía.

 

Más particularmente asombroso y lastimoso es el caso de los musulmanes. Destinados a ser los custodios del Mensaje Divino en su perfecta forma final, y habiéndosele confiado la tarea de conducir a la humanidad hacia el bien, es verdaderamente una gran calamidad el que hayan caído presa del nacionalismo y se hayan perdido en sus caminos, estrechando por ello sus esferas de interés y actividad a campos geográficos, raciales o lingüísticos limitados, y sellando así a la humanidad en conjunto la mismísima fuente de esos rayos de luz que iluminarían todo el mundo.

 

La emergencia del Orientalismo dio nacimiento a muchas esperanzas. Se esperaba que los orientalistas serian capaces de levantar un puente en el golfo entre el Este y el Oeste, y atraer así un entendimiento entre estas dos ramas de la familia humana y quitar la barrera erigida por la ignorancia y la lejanía geográfica. También se esperaba que serian capaces de transmitir al Oeste todo lo mejor del Este en el sentido de enseñanzas proféticas, valores morales, ejemplos de la noble vida establecida por sus profetas y sus líderes espirituales, los tesoros de la sabiduría oriental, y su maravilloso código de leyes y preceptos para la gula de la conducta humana.

 

No hay duda de que los orientalistas tienen muchos logros en su haber. Resucitaron muchas palabras Islámicas que habían yacido enterradas durante siglos ocultas de la luz del día. Escribieron un vasto número de libros que acreditan su competencia como eruditos. Nadie que tenga un ápice de equidad y algún amor por el saber puede negar su aproximación académica y sus penosas labores, su aguda percepción y el método científico de su trabajo. La gente del Este en general, y los musulmanes en particular, sintieron de cualquier modo que muchos de los orientalistas estaban inspirados más por prejuicios religiosos que por motivos científicos.

 

Por consiguiente, han defraudado a los amantes de la verdad, que esperaban de ellos una mayor inmunidad de predilecciones emocionales y prejuicios heredados, un amor más grande por la realidad, una mayor búsqueda de la verdad, y un coraje más grande en su conocimiento. De cualquier modo, el Orientalismo ha fracasado, a pesar de sus virtudes y logros, para llenar esta grieta, y no podría dar al Oeste lo que el alma de muchos hombres occidentales, desilusionados por la vaciedad de una civilización materialista, ha estado anhelando, es decir, un cuadro veraz y englobante de las religiones del Este en general y de Islam en particular.

 

Hablo del Islam en particular porque los musulmanes creemos que es el último mensaje celestial -y por tanto, un mensaje de valor eterno- para los hombres, el mensaje que lleva el sello de determinación que está acorde con el espíritu de la época, que pretende llevar a la civilización humana hacia adelante, y no, como algunas religiones tienden a hacer, hacia detrás; que está libre de todo extremismo y rigidez, que está dotado con una maravillosa capacidad de crear nuevos moldes en conformidad con el espíritu de sus propias enseñanzas. así como con las demandas de nuestros tiempos cambiantes.

 

Cualesquiera puedan ser las razones, está claro que el Este, con su personalidad sobresaliente y su mensaje, permanece aislado del Oeste y viceversa. Siempre que los dos se han reunido, ha sido en una atmósfera de sospecha y duda, de amargura y odio. Raramente hay un encuentro de mentes entre el Este y el Oeste por el gran bien de la humanidad y con vistas a construir una civilización ideal. Y hay poca prontitud por parte de las dos partes para beneficiarse de las capacidades características de la otra o para intercambiar habilidad y conocimiento.

El Este continúa trabajando en su propio terreno, guiado por su propio temperamento peculiar que había crecido por la levadura de la religión, inspirado de un tiempo a otro por nobles profetas, y alimentado incesantemente por movimientos espirituales y por las enseñanzas de inspirados lideres religiosos. El tema que interesaba al Este era el hombre mismo, más que lo que está alrededor del hombre, o sobre su cabeza, o por debajo de sus pies. El Este concentró su atención y su inteligencia, su genio y su poder de voluntad en el hombre mismo. Se consagró a descubrir los infinitos secretos del hombre, y a bucear las mismas profundidas de su naturaleza. Se consagró a despertar las capacidades y poderes que yacen dormidos dentro de él; a orientar las tendencias del hombre y sus inclinaciones; a refinar y reformar sus morales, sin las cuales la vida humana no puede tener unas bases sanas.

Esos Profetas de Dios -la paz sea con todos ellos- vinieron, y entonces, el final, vino el último de los Profetas, Muhammad. Estos Profetas se ocuparon del hombre y su refinamiento moral, y destaparon los tesoros que yacen dentro de él, recibiendo de ello luz y vida y conocimiento, amor y confianza, fuerza de propósito, contentamiento y felicidad, y así le capacitaron para descubrir la fuente real de toda vida y poder y orden en el Universo.

 

Esto también le capacitó a contemplar el Universo no como dividido en numerosos elementos, todos en guerra unos con los otros, sino como un reino gobernado por Una Omnipotente y Misericordiosa Voluntad. «¿No son Suyas la creación y la orden? ¡Bendito sea Allah, Señor del universo!» (CORAN 7:54). «El Señor del Oriente y del Occidente. No hay más dios que él. Tómale, pues, como protector!» (CORAN 73:9) , dice el Corán. Así pues los Profetas condujeron a la liberación del hombre de todas las formas de idolatría y dualismo, de la superstición y el mito, de la autoridad de insensatas tradiciones y leyendas, y de la sumisión a todo excepto al Creador y Gobernador del Universo Entero.

 

A través de esta ventana abierta por los Profetas de Dios, el hombre podía mirarse también a si mismo y a sus semejantes. Le capacitó para verse a si mismo como el vicegerente de Dios en este mundo como uno en quien Dios había soplado una chispa de su Espíritu Divino, como uno a quien El había confiado una misión sagrada, como uno a quien El había creado en el mejor de los moldes, como uno a quien El había escogido para los más grandes honores, como uno a quien El había investido con su representación, y sobre el cual El había puesto la corona del gobierno de este mundo; aquel para quien El habla creado todo lo que está en el Universo, que El creó para él y para Si mismo; ante el cual El ha hecho a los ángeles inclinarse, prohibiéndole a él después de esto postrarse ante ninguna otra criatura. Como Dios mismo dice: «(Ciertamente) hemos creado al hombre dándole la mejor complexión.» (CORAN 95:4). Y también: «Hemos honrado a los hijos de Adán. Los hemos llevado por tierra y por mar, les hemos proveído de cosas buenas y los hemos preferido marcadamente a muchas otras criaturas.» (CORAN 17:70).

 

El hombre miró a través de esta ventana -la ventana abierta por los profetas- y lanzó una mirada a sus semejantes, a la familia humane diseminada por todo lo largo y ancho del mundo. Esto le capacitó para mirarlo como una sola familia, como si fuera una sola alma, originada a partir de los mismos padres. Los hombres fueron vistos como una hermandad a la luz de la enseñanza profética, siendo el más digno de afecto a los ojos de Dios aquel que fuera el más benevolente hacia la familia de Dios. Esta enseñanza también capacitaba al hombre a sentir que los miembros de la raza humane eran lo mismo que los miembros de su propio cuerpo, de modo que cualquier sentimiento de dolor en uno causaba automáticamente que el dolor se sintiera en el otro. Más aún, capacitó al hombre para ver que todas las distinciones entre los distintos miembros de la familia humane basados en el color, territorio, nacionalidad o posesiones materiales, son un legado de ignorancia: pues el hombre oyó al noble Profeta decir a su Señor en la oscuridad de la noche: «Testifico que todas las criaturas son hermanas», y también le oyó proclamar a plena luz del día, ante una enorme multitud de gente: «¡Oh hombres!, todos vosotros venís de Adam y Adam vi en e del barro. No hay superioridad para un árabe sobre uno no árabe; ni para uno no árabe sobre un árabe, ni del negro sobre el blanco, ni del blanco sobre el negro, excepto en virtud de su piedad.» Como Dios dice: «¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que os conozcáis unos a otros. Para Allah, el más noble de entre vosotros es el que más Le teme.» (CORAN 49:13).

 

Todos los profetas en sus respectivos tiempos y climas, y el profeta Muhammad al final de todos ellos, se esforzaron para purificar al hombre, para movilizar al máximo sus capacidades inherentes, que ninguna otra cosa, ni la filosofía ni la psicología ni ninguna otra rama del conocimiento, han sido capaces de hacer.

 

De hecho, estas ramas del saber no han sido capaces de abarcar las dimensiones de sus capacidades. Los profetas no sólo despertaron y movilizaron estas capacidades, sino que además intentaron organizarlas y orientarlas para el bien del individuo así como para el bien de la humanidad en conjunto.

 

Los profetas hicieron surgir en el hombre un agudo deseo por buscar la complacencia de Dios, por buscar una relación de intimidad con la divinidad. Inspiraron al hombre a obedecer y amar a Dios, y a amar a sus criaturas y a servirlas: librarlas de toda desdicha que pudiera acaecerles y proveerlas con todo lo que es conducente a su felicidad y bienestar, incluso a costa de uno mismo. Las enseñanzas proféticas despertaron en el hombre las emociones de amor, nobles inclinaciones, delicadeza de sentimientos e imaginación. Dieron al hombre los ideales de pureza del alma, nobleza de conducta, grandeza de conducta, grandeza de espíritu e independencia de la fascinación mundanal, así como sublimidad de pensamiento y aspiración.

 

Estas enseñanzas crearon en el hombre un anhelo por Allah, inyectaron en él una fe vigorosa, y le proporcionaron conocimiento de Dios, que no era asequible en ningún otro sitio. Para resumir, el hombre mismo fue el punto central de la actividad de los profetas, el terreno en el que sembraron nobles semillas, y de las que maduró una abundante cosecha.

 

Los profetas del Este no se ocuparon de descubrir, acaparar y utilizar las fuerzas que se encuentran en el Universo, ni inventaron herramientas ni maquinarias. Su atención permaneció enfocada en inspirar al hombre con buenas intenciones, en crear en él una firme decisión de vivir bien y hacer el bien. En cuanto a la riqueza natural e industrial, son obviamente dependientes y están al servicio de la voluntad y la dirección humanas. Por tanto, siempre que el hombre está bien dirigido y tiene una voluntad de servir a una cause grande, se arregla para lograr sus objetivos con la ayuda de cualquier herramienta que le sean asequibles en ese lugar determinado y ese tiempo particular. Incluso si esas herramientas son groseras y de una naturaleza primitiva, la determinación de alcanzar su mete las trace serviciales. En verdad, si hay sinceridad de propósito y seriedad, uno puede alcanzar más grandes logros a pesar de recursos escasos, y herramientas e instrumentos ineficaces, que los que pueden alcanzar aquellos que no tienen sinceridad de propósitos incluso si ellos poseen tremendos recursos. La razón de esto, es que cuando hay una voluntad fuerte y sincere, se descubre de algún modo lo desconocido, los recursos se hacen asequibles, las dificultades se superan, y el hombre se trace camino incluso sobre las montañas o a través de los mares. Por otro lado, si no hay un fin más elevado en mires o determinación de servir, los recursos son malgastados, y los esfuerzos de los inventores de las herramientas, y de los hábiles trabajadores, todas se quedan en nada. No es mi deseo menospreciar el valor del conocimiento o de los instrumentos y máquinas inventadas por el hombre para servir a sus fines. Sin embargo, me gustaría insistir en que estos no son tan indispensables en comparación con algunos de los más elementales pero fuertes impulsos del hombre. Cuando, por ejemplo, un hombre está muriendo de hambre o de sed, o cuando el amor se desborda en el corazón de una madre, o cuando un amante es traspasado por el anhelo, la intensidad del sentimiento mismo les impele a encontrar un camino para satisfacerlo y completarlo.

 

El papel de los profetas ha sido situar ante el hombre el tipo adecuado de objetivos, y así incendiar en él el entusiasmo y devoción necesarios para alcanzarlos. Una vez que este entusiasmo y devoción por el bien están presentes, los hombres encontrarán sus propios caminos de auto-realización, incluso con la sola ayuda de recursos limitados y herramientas primitivas, del mismo modo que un hombre sediento o una madre abrasada de amor por su hijo es llevada a encontrar los medios de llevar a cabo tal necesidad. Fue esta misma intensidad y sinceridad de deseo la que condujo al descubrimiento de los medios efectivos de cumplir esos nobles objetivos que fueron dados al género humano en su forma más perfecta por el último de los santos profetas. Y eses medios fueron suficientemente efectivos como para llevar hacia adelante a la civilización y proporcionaron al hombre el máximo solaz y confort, honor y dignidad. Ciertamente suficiente, éste era de un modelo comparativamente simple, vacío de toda complicación y complejidad. Y, sin embargo, contenía poderosas semillas y un rico terreno para el buen crecimiento y expansión en el futuro.

 

En cuanto al Oeste, empezó a despertar alrededor del periodo del tiempo conocido como la Edad del Renacimiento. En ese estadio, debido a un cierto número de razones -el debilitamiento del lazo de los valores religiosos y morales como resultado de la tergiversación de la Iglesia, la presión de los factores económicos y políticos, la lucha por la vida que las diversas naciones europeas habían encontrado dentro del área limitada de Europa, con todos los problemas que de ello se derivaron- la atención del Oeste se volvió desde el hombre en si mismo a su estructura física externa o a su entorno; desde el alma del hombre al Universo, desde el corazón humano al mundo físico, y por consiguiente a ciencias tales como la física, la química, la astronomía, las matemáticas, etc. Y es la ley de Dios que El da a cada hombre aquello por lo que se esfuerza. Como dice en el Corán: «A unos y a otros, a todos, les concederemos en abundancia de los dones de tu Señor. ¡Los dones de tu Señor no se niegan a nadie!» (CORAN 17:20).

 

El Oeste empezó a dar grandes pasos en las ciencias naturales, descubriendo un secreto de la naturaleza tras otro, logrando un éxito tras otro, hasta que alcanzó su presente nivel de logros, impensable en el pasado. Esto no necesita mayor explicación especialmente aquí en este lugar que es acertadamente considerado como u no de los pioneros del saber moderno y de la civilización occidental; y en esta Universidad, donde tengo el honor de dirigirme a ustedes, ha continuado, como en tantas otras Universidades similares de Europa, el avance de la ciencia moderna y el descubrimiento de los medios para esos asombrosos logros en los campos de la ciencia y la tecnología que son una bendición de Dios, y cuyo valor no debería ser menospreciado. Estos recursos eran de la naturaleza de un «medio», de un instrumento. Todo esto trajo abundante riqueza, tremendo poder y energía y pasmosa velocidad, hasta tal punto que incluso considerablemente menos que esto hubiera bastado para el bienestar del género humano para el establecimiento de la paz mundial, para la extensión del amor y la unidad, y para el mutuo conocimiento y cooperación entre las diversas ramas de la familia humana desparramadas por todo el globo. Podría haber apartado las barreras que separan a los hombres entre si, de modo que pudieran extender la mano de la cooperación, la benevolencia y la simpatía a sus semejantes en el más remoto rincón del mundo; de modo que pudieran escuchar el latí de sus corazones y los susurros de sus almas, ver sus rostros y oír sus palabras, oponerse al malhechor y ayudar al equivocado, alimentar al hambriento y ayudar a los que están en desgracia. Pues todos los factores obstaculizadores, que eran el resultado de la ignorancia del hombre y de su debilidad, y habían plagado la vida del hombre en el pasado, se habían ido. Toda clase de instrumentos y máquinas fueron producidas a fin de ayudar al hombre a realizar sus objetivos tan rápidamente como fuera posible, para no dejar ninguna excusa para ningún buscador de la virtud, para ningún amante de la humanidad y para ningún abanderado de la paz, ni individuo, ni sociedad, ni estado.

 

Estos recursos fueron suficientes para transformar este mundo que está tan lleno de errores y peligros y sufrimientos en el paraíso en el que no hubiera dificultad, ni temor, ni sufrimiento, ni guerra y enemistad, ni pobreza, ni más enfermedad. Pero, ¿se realizó todo esto? ¿Acaso nos hemos librado del temor y la ansiedad? ¿Acaso terminaron la pobreza y la miseria? ¿Cesaron acaso de existir el error y la tiranía? ¿Han prevalecido acaso la paz y la hermandad? ¿Se ha propagado la confianza? ¿Ha sido desechado de la existencia el espectro de la guerra? No es necesario que espere una respuesta. Pues esta gran civilización ha sido testigo de dos grandes guerras en escala global, y ha compartido las consecuencias y sufrimientos. Todos nosotros estamos viviendo en la Era Atómica, y los pensadores han escrito virtualmente librerías enteras de libros que retratan la testarudez de esta civilización, y la miseria de los seres humanos que están sujetos a ella, apuntando la relajación de la moral y la pérdida de los lazos sociales, la desintegración de la familia, el crecimiento de las tensiones mentales y la ansiedad, el predominio del temor y la ansiedad, como siniestros adelantos en la vida del hombre moderno.

¿Qué ha llevado a estos resultados? Los recursos mismos son obviamente inocentes, cuando los instrumentos y máquinas producidas por la moderna civilización eran susceptibles de ser usadas para el bien del género humano, pues ellos no tienen voluntad o dirección propia.

 

La respuesta a esto no es un secreto, ni requiere inteligencia extraordinaria. La causa de todas estas desgracias es que el hombre mismo no ha sido capaz de seguir el paso del progreso de las ciencias. Sus intenciones, tendencias e inclinaciones no han hecho el mismo progreso que el hecho por los instrumentos y máquinas. Verdaderamente, se podría decir que las ciencias han progresado a costa del hombre y su moral, y al costo de su alma y de su corazón. La razón de esto es que desgraciadamente el Oeste a confinado su actividad y dedicado toda su inteligencia y su fuerza de voluntad al mundo externo. El Oeste concentró todos sus esfuerzos sobre el mundo exterior, apartando su atención del hombre en si mismo, que es el alma misma del Universo y la obra maestra de la Creación. Incluso cuando ha prestado alguna atención al ser interno del hombre, su enfoque estaba tenido por craso materialismo, que hacia imposible el sumergirse en las profundidades de la realidad interior del hombre, llegar a entender los hechos sólidos de la vida interior, y apreciar la fe y la creencia y la moralidad. Tampoco podía aclarar la fuente que guía al hombre y le inspira hacia el bien: su corazón, en cuya salud se apoya la salud de su vida entera.

 

Desgraciadamente, aunque el Oeste quiera aprovechar el corazón y guiar por él a la humanidad, no serل capaz de hacerlo, pues ha perdido la llave que podría abrir esta cerradura. Y por impresionantes que puedan ser las industrias del Oeste, por finos que sean sus productos, y por grande que sea el genio de las gentes del Oeste, siguen siendo incapaces de abrir o romper la cerradura, y la única llave que se le puede aplicar es la «Fe». Esta llave -la llave de la Fe- que la humanidad obtuvo de los profetas, ha sido perdida, o yace enterrada entre los pesados fardos de la civilización moderna o los escombros de los antiguos centros religiosos.

La aflicción de la humanidad yace en la separación entre el Oeste y el Este, en la separación entre el conocimiento y la Fe, una separación que ha llevado a grandes desastres en el pasado. La Fe ha dado grandes pasos y ha crecido por largas eras en el Este, mientras que en siglos mلs recientes, el conocimiento ha dado grandes pasos y ha crecido en el Oeste. Y la Fe continúa esperando la compañía de la ciencia, mientras la ciencia sigue esperando someterse a la, guía de la Fe, y la humanidad está esperando a que las dos se reúnan y cooperen con la otra a fin de producir una nueva generación, y no puede haber esperanza de paz y verdadera felicidad sin esta bendita cooperación entre la Fe y la ciencia.

 

En cuanto al Este, amigos del Oeste, no consiste en «petróleo», el oro negro que transportáis a vuestros respectivos países y allí lo usáis para mover aeroplanos y automóviles.  La riqueza real del Este es esa Fe que brotóَy floreció allí. Ya os habéis beneficiado de algo de esta riqueza al principio de vuestra Era Cristiana. También de nuevo en las primeras décadas del siglo séptimo D.J. el mismo tesoro de riqueza apareció otra vez, en el perdido desierto de Arabia, y explotó con una fuerza y una velocidad sin precedentes en la historia humana. Brotando de un remoto valle en Meca, alcanzó inmediatamente los limites más lejanos del mundo conocido, derramando sus bendiciones por todas partes y refrescando, revitalizando y enriqueciendo todos y cada uno de los rincones del mundo, tanto que la tierra entera floreció con una completa vida nueva. Puede seguir siendo apropiada y utilizada si hay buenas intenciones y valor creativo, sigue siendo capaz de superar todos los problemas con que nuestra civilización moderna se confronta, y puede inyectar vigor nuevo y vitalidad en nuestra presente civilización, dándole un nuevo plazo de vida proveyéndole de un nuevo sentido de propósito y renovando su mensaje, y reorientando los instrumentos e instituciones de la ciencia y la tecnología hacia propósitos dignos. Esto puede conducir a trascendentales resultados, y a la creación de una nueva sociedad para los mejores intereses del hombre, la sociedad que la era presentó está anhelando. Sobre vosotros, que pertenecéis a este gran paيs, recae una gran responsabilidad, pues habéis sido los pioneros de la moderna civilización del mundo, y vuestra vida nacional sigue aْn hoy, hirviendo de energía y bullendo de vitalidad.

 

El Corán se dirige a todos vosotros, diciendo: «¡Gente de la Escritura ! Nuestro Enviado ha venido a vosotros, aclarándoos mucho de lo que de la Escritura habíais ocultado y revocando mucho también. Os ha venido de Allah una Luz, una Escritura clara, por medio de la cual Allah dirige a quienes buscan satisfacerle por caminos de paz y les saca, con Su permiso, de las tinieblas a la luz, y les dirige a una vía recta.» (CORAN 5:15-16).

 


 

Esta es una versión modificada y no autorizada de la traducción original. Entre el Este y el Oeste está publicado por:

La Casa Islámica
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