Portada | Almadrasa | Foros | Revista | Galería | Islam | Corán | Cultura | Poesía | Andalus | Biblioteca | Enlaces | Tienda

 

 

 

El Corán Indica el Camino a la Ciencia

 

 

HARUN YAHYA

 

Fuente: www.harunyahya.com

 

 

All right reserved. No parts of this publication may be reproduced…. = Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial, por cualquier medio electrónico o mecánico, incluidos fotocopia, grabación magnetofónica y cualquier otro sistema de archivo de información, sin autorización previa y por escrito del editor.

Primera publicación en turco: Noviembre de 2000, Estambul, Turquía.

Primera traducción al inglés: Enero de 2002, Singapur.

 Primera traducción al español: Enero de 2003, España.

 Traductor al español: Marcelo Serio

 Primera corrección versión en español: Noviembre de 2003, Buenos Aires, Argentina.

 Corrector de la versión en español: Abu Dharr Manzolillo, Buenos Aires, Argentina.

 

INDICE

INTRODUCCION

LIBRO UNO

LA RELIGION ALIENTA A LA CIENCIA

LA RELIGION AYUDA A QUE LA CIENCIA SE ENCAMINE DE MANERA CORRECTA

EXISTE UNA CONCORDANCIA PERMANENTE ENTRE LA RELIGION Y LA CIENCIA

A MODO DE MILAGRO EL CORAN COMUNICA REALIDADES QUE

LA CIENCIA DESCUBRIO CON POSTERIORIDAD

LIBRO DOS

LOS CIENTIFICOS RELIGIOSOS

CONCLUSION


 

AL LECTOR

 El motivo por el cual se dedica un capítulo especial al colapso de la teoría de la evolución es que ésta constituye la base de todas las filosofías antiespirituales. Dado que el darwinismo rechaza el hecho de la creación, y por lo tanto la existencia de Dios, ha provocado que durante los últimos ciento cuarenta años mucha gente abandone su fe o se vea invadida por la duda. Por lo tanto, se transforma en una obligación importante relacionada muy estrechamente con el din (modo de vida islámico) mostrar que esta teoría es un engaño. Resulta imperativo que ese importante servicio sea puesto a disposición de todos. Y como es posible que algunos de nuestros lectores puedan leer solamente uno de nuestros libros, pensamos apropiado dedicar un capítulo al tema, aunque de manera resumida.

Otro punto que tiene que ser enfatizado se refiere al contenido del libro. Las cuestiones relacionadas con la fe se tratan, en todas las obras del autor, a la luz de los versículos coránicos, y se invita a la gente a aprender de ellos y vivirlos. Los temas referidos a las palabras de Dios se explican de una manera tal que no dejan ningún lugar a la duda o al cuestionamiento en el pensamiento del lector.

El estilo empleado, llano, abierto y fluido, asegura que todos, de cualquier edad o grupo social, puedan comprender los escritos de Harun Yahya fácilmente. Esta manera lúcida y efectiva del relato lo hace de rápida lectura. Incluso algunos que rechazan la espiritualidad con rigor son influenciados por la veracidad de los hechos a los que se hace referencia en los libros de Harun Yahya, y no pueden refutar sus contenidos.

Este y los demás trabajos del autor pueden ser leídos por una persona sola o por grupos de estudio, para debatirlos. Esto último será más beneficioso gracias al intercambio de reflexiones y experiencias.

Además, será un gran servicio al din contribuir a la presentación y lectura de este libro, el cual está escrito solamente para el agrado de Dios. Todos los escritos de Harun Yahya son muy convincentes. Por esta razón, uno de los métodos más efectivos de comunicar el din a otras personas es impulsar a su lectura.


ACERCA DEL AUTOR

El autor, quien escribe bajo el seudónimo de HARUN YAHYA, nació en Ankara en 1956. Completó sus estudios primario y secundario en esa ciudad y luego cursó Bellas Artes en la Universidad Mimar Sinan de Estambul y Filosofía en la Universidad de Estambul. A partir del decenio de 1980 ha publicado muchos libros sobre política, temas relacionados con la fe y con las ciencias. El haber escrito obras muy importantes que ponen al descubierto la impostura de los evolucionistas, la invalidez de sus suposiciones y la tenebrosa vinculación entre el darwinismo y las ideologías sanguinarias como el fascismo y el comunismo, lo han hecho una persona muy conocida.

El seudónimo del autor está constituido por los nombres ‘Harun’ –Aarón-- y ‘Yahya’ –Juan--, en memoria de ambos Profetas, quienes lucharon contra la infidelidad. El sello sobre la cubierta de los libros tiene un carácter simbólico y está vinculado a sus contenidos: representa al Corán (la última escritura) y al Profeta Muhammad, el último de los profetas. El propósito que anima al autor, bajo la guía del Corán y de la sunnah (literalmente significa: costumbre, práctica, uso, tradición), es refutar cada uno de los pilares fundamentales de las ideologías ateas, al punto que quienes argumentan en contra de la religión se queden mudos, sin saber qué decir. El sello del último de los profetas, quién obtuvo la sabiduría en su más elevado nivel y la perfección moral, es usado por Harun Yahya como un signo de la intención que lo anima frente a los que repudian la creencia religiosa.

Todos los trabajos del autor se centran en un objetivo: comunicar el mensaje del Corán, animar a pensar sobre las cuestiones básicas relacionadas con la fe (como la presencia de Dios, Dios Uno y el Más Allá) y poner al descubierto los fundamentos endebles de las ideologías pervertidas de los sistemas ateos.

Los lectores que disfrutan de los escritos de Harun Yahya son muchos y están en todo el mundo: desde la India a USA, desde Inglaterra a Indonesia, desde Polonia a Bosnia, desde España a Brasil. Algunos de sus libros están disponibles en inglés, francés, alemán, castellano, italiano, portugués, urdú, árabe, albanés, ruso, serbo-croata (bosnio), polaco, malayo, uygur, turco e indonesio.

Esos libros han servido como un instrumento para que muchas personas recuperen su fe en Dios y para que otras profundicen el discernimiento sobre su certidumbre religiosa. La lógica que poseen, junto a su fácil comprensión y bello estilo, dan a estos trabajos un toque de distinción que conmueve a cualquiera que los lea o estudie. Dado que sus planteos son inobjetables, los escritos se caracterizan por su efectividad inmediata, los resultados definidos y la imposibilidad de refutarlos. Es muy difícil que quienes los lean con atención puedan seguir defendiendo con sinceridad la filosofía materialista, el ateísmo o cualquier otra ideología o doctrina pervertida. Y aunque sigan en alguna de esas posiciones negativas, lo harán solamente por motivos sentimentales, puesto que el autor las destruye desde sus mismas raíces. Todos los movimientos que niegan la religión quedan desde ahora derrotados ideológicamente gracias al conjunto de trabajos escritos por Harun Yahya.

No cabe ninguna duda de que las características de esos libros son el producto de la sabiduría y lucidez del Corán. El autor sólo intenta servir como un modesto medio en la búsqueda, por parte de la gente, del sendero recto de Dios. Con la publicación de estos trabajos no se persigue ningún beneficio material.

Considerando lo dicho, quienes animan a otros a leerlos prestan un servicio muy importante, pues “abren los ojos” y guían para ser más devotos servidores de Dios.

Asimismo, sería injusto perder el tiempo y energía difundiendo otras obras que confunden, conducen al caos ideológico y no sirven para remover las dudas del corazón de los individuos.

Está claro que un libro que se dedica a hacer sobresalir la capacidad literaria del autor antes que apuntar a impedir que la gente pierda la fe religiosa, no podrá tener un gran efecto.

Quienes dudan de que eso sea así, pueden ver fácilmente que el único objetivo que persiguen los libros de Harun Yahya es superar la incredulidad y diseminar los valores morales del Corán. El éxito e impacto de este servicio se manifiesta en la convicción que adquieren los lectores.

Hay algo que debería tenerse en cuenta: la principal razón para que continúen la crueldad, los conflictos y los grandes atropellos que sufre la mayoría de la población, estriba en el dominio ideológico de la incredulidad. Dicha situación puede finalizar solamente con la derrota ideológica de la misma, haciendo conocer las maravillas de la creación y la moralidad coránica de modo que se viva según ésta. Teniendo en cuenta la situación del mundo de hoy día, que conduce a la gente a una espiral de violencia, corrupción y enfrentamientos, la tarea de moralización indicada debe hacerse con premura y de manera efectiva, pues de otro modo puede ser demasiado tarde.

No es exagerado decir que el conjunto de escritos de Harun Yahya ha asumido esa tarea primordial. Si Dios quiere, estos libros serán un medio a través de los cuales los seres humanos del siglo veintiuno obtendrán la paz, la justicia y la felicidad prometidas en el Corán.

Sus obras incluyen: Judaísmo y Masonería, Masonería Mundial, Terrorismo: El Ritual del Mal, Cábala y Masonería, El Nuevo Orden Masónico, Los Caballeros Templarios, El Islam Denuncia el Terrorismo, La 'Mano Secreta' en Bosnia, Los Kurdos la Carta Secreta de Israel, El Comunismo al Acecho, Fascismo: La Ideología Sangrienta del Darwinismo, Los Desastres Que Produjo el Darwinismo a la Humanidad (disponible versión en castellano), Entre Bastidores del Terrorismo, Entre Bastidores del Holocausto, La Política Opresiva de China Comunista y la Situación en Turkestán Oriental, Palestina: La Solución, Las Normas Eticas del Corán, El Invierno del Islam y la Primavera Esperada, Declaración de Fe (1, 2 y 3), Un Arma de Satanás: el Romanticismo, La Luz del Corán Destruyó el Satanismo, Los Ultimos Tiempos y Sus Signos en el Capítulo del Corán “La Vaca”, Signos del Ultimo Día y la Bestia de la Tierra, Realidades (1 y 2), El Mundo Occidental se Vuelve Hacia Dios, El Engaño del Evolucionismo (disponible versión en castellano), Respuestas Precisas a los Evolucionistas, Las Equivocaciones de los Evolucionistas, El Corán se Opone al Darwinismo, La Epoca de Oro, Pueblos Desaparecidos (disponible versión en castellano), El Arte del Color de Dios, La Verdad de la Vida en Este Mundo, Signos en los Cielos y en la Tierra Para las Personas de Entendimiento (disponible versión en castellano), El Profeta Moisés, El Profeta Yusuf, El Profeta Muhammad (BP), El Profeta Salomón, La Gloria Está por Todas Partes, La Importancia de las Evidencias de la Creación, La Pesadilla del Incrédulo, Conocimiento de la Verdad, La Eternidad Ya Ha Comenzado, La Eternidad y la Realidad del Destino, Materia: Otro Nombre de la Ilusión, El Hombrecito en la Torre, El Islam y la Filosofía del Karma, La Magia Negra del Darwinsimo, La Religión del Darwinismo, El Colapso de la Teoría de la Evolución en 20 Preguntas, La Ingeniería de la Naturaleza, La Tecnología Copia a la Naturaleza, El Atolladero del Evolucionismo I (Enciclopédico), El Atolladero del Evolucionismo II (Enciclopédico), Dios es Conocido a Través de la Razón, El Corán Guía el Camino de la Ciencia, El Verdadero Origen de la Vida, Conciencia en la Célula, La Tecnología Imita a la Naturaleza, Una Retahíla de Milagros, La Creación del Universo (disponible versión en castellano), Los Milagros en el Corán, El Designio de la Naturaleza, Autosacrificio y Modelos Inteligentes de Comportamiento entre los Animales, El Fin del Darwinismo, Nunca Defienda la Ignorancia, El Milagro Verde: La Fotosíntesis, El Milagro del Atomo, El Milagro en la Célula, El Milagro del Sistema Inmune, El Milagro en el Ojo, El Milagro de la Creación en los Vegetales, El Milagro en la Araña, El Milagro en el Mosquito, El Milagro en la Abeja, El Milagro en la Hormiga, El Milagro de la Semilla, El Milagro en la Termita, El Milagro de la Hormona, El Milagro del Cuerpo Humano, El Milagro de la Creación del Ser Humano, El Milagro de la Proteína, El Milagro del Olfato y del Gusto, El Milagro del Micromundo, Los Secretos del ADN.

Los libros para niños del autor son: Maravillas en la Creación de Dios, El Mundo de los Animales, La Gloria en los Cielos, Criaturas Asombrosas, Aprendamos Nuestro Islam, Los Milagros en Nuestros Cuerpos, El Mundo de Nuestras Amiguitas: Las Hormigas, Los Panales Perfectos de las Abejas, Constructores Hábiles de Diques: Los Castores, ¡Chicos, Darwin Mentía!.

Otros trabajos del autor sobre temas coránicos incluyen: ¿Nunca Pensaron Acerca de la Verdad?; Devotos de Dios; Abandono de la Sociedad de la Ignorancia; La Real Morada de los Creyentes, El Paraíso; Valores Morales en el Corán; Conocimiento del Corán; Index del Corán; La Emigración por la Causa de Dios; Referencia a los Hipócritas en el Corán; Los Secretos del Hipócrita; Los Nombres de Dios; La Comunicación del Mensaje y la Discusión en el Corán; Conceptos Básicos en el Corán; Respuestas Desde el Corán; Muerte, Resurrección, Infierno; La Lucha de los Mensajeros; El Enemigo Jurado del Ser Humano: Satanás; La Mayor Difamación, La Teoría de la Evolución; Idolatría, la Religión del Ignorante; La Arrogancia de Satanás; El Rezo en el Corán; La Importancia de la Conciencia en el Corán; El Día de la Resurrección; No Olvidar Nunca; Desprecio de los Dictámenes Coránicos; Abandono de la Sociedad de la Ignorancia; La Importancia de la Paciencia en el Corán; Conocimiento General a Partir del Corán; Rápida Adhesión a la Fe (partes 1, 2 y 3); Razonamiento Imperfecto del Incrédulo; La Fe Perfeccionada; Lo Que Dicen Nuestros Mensajeros; La Compasión de los Creyentes; El Temor a Dios; La Pesadilla del Incrédulo; El Profeta 'Isa (Jesucristo) Vendrá; Las Bellezas de la Vida Presentadas por el Corán; Un Conjunto de las Bellezas de Dios (partes 1, 2, 3 y 4), La Iniquidad Llamada "Burla"; El Secreto de la Prueba; La Verdadera Sabiduría Según el Corán; El Combate con la Religión de la Irreligión; La Escuela de Yusuf; La Alianza de Dios; La Difamación Contra los Musulmanes a lo Largo de la Historia; La Importancia de Seguir la Buena Palabra; ¿Por Qué Te Autoengañas?; El Islam: La Religión de la Tranquilidad; el Entusiasmo y el Vigor Según el Corán; El Ver el Bien en Todo; ¿Cómo Interpreta el Corán el Ignorante?; Algunos Secretos del Corán; El Valor de los Creyentes, Confiados en el Corán, La Justicia y la Tolerancia en el Corán, Pilares Fundamentales del Islam, Los Que Desatienden el Corán, El Corán Como Guía, Una Amenaza al Acecho: La Negligencia, La Sinceridad en el Corán, La Religión de las Personas Devotas, Los Procedimientos del Mentiroso Según el Corán.

 

 
INTRODUCCION

Dios emplaza a la humanidad a investigar y reflexionar acerca de los cielos, la tierra, las montañas, las estrellas, las semillas, las plantas, los animales, la alternancia del día y la noche, la creación del ser humano, la lluvia, etc., es decir, sobre todo lo creado. Al hacerlo, dentro del pensamiento lógico, reconocemos el arte de Dios en la creación de todo lo que nos rodea y, en definitiva, que El creó el universo de la nada.

“La ciencia” ofrece un método por medio del cual se puede examinar todo lo que contiene el universo para descubrir el arte en la creación de Dios y de ese modo hacerlo conocer a la humanidad. La religión, por lo tanto, alienta a la ciencia a la vez que la adopta como un instrumento para dilucidar la sutileza de la creación de Dios.

La religión no sólo impulsa el estudio científico, sino que también permite que, asistido por la verdad revelada, sea concluyente y expeditivo. El motivo de ello reside en que la religión es la única fuente que provee respuestas precisas y definidas con respecto a cómo pasaron a existir el universo en general y la vida en particular.

Por lo tanto, si la investigación se realiza sobre fundamentos apropiados, evidenciará de la manera más directa y sencilla las verdades que tienen que ver con el origen del universo y la estructuración de la vida. Como dijo Alberto Einstein, considerado uno de los científicos más grandes del siglo XX, La ciencia sin la religión renquea. Es decir, si la ciencia no es guiada por la religión, no puede dimanar correctamente sino que pierde el tiempo o, lo que es aún peor, no convence.

La ciencia encarada por los científicos materialistas incapaces de ver la verdad, condujo a que en los dos últimos siglos se desperdicie una inmensa cantidad de tiempo, de trabajo y de dinero.

Existe un hecho que debe ser reconocido con toda claridad: la ciencia puede alcanzar resultados satisfactorios solamente si adopta como su principal objetivo la investigación de los signos de la creación en el universo y si en ello pone todo el esfuerzo. Solamente puede alcanzar su fin último, en el menor tiempo posible, si apunta en la dirección correcta, es decir, si es guiada de la manera apropiada.


LIBRO UNO

LA RELIGION ALIENTA A LA CIENCIA

El Islam es la religión de la razón y la conciencia. Es decir, es por medio del discernimiento que reconocemos la verdad que proclama la religión y establecemos las conclusiones del caso. Quien se vale de la razón y de la conciencia cada vez que debe averiguar el origen de algo, puede comprender, aunque no sea un experto en la materia, que fue creado al igual que todo lo que hay en el universo por el Poseedor de una Sabiduría, Conocimiento y Poder sin par. Con sólo descubrir algunos de los millones de factores que posibilitan la vida en la Tierra, ya puede entender que el universo fue diseñado para sustentarla. Por consiguiente, quien hace uso de la razón y sigue lo que la conciencia le dicta, puede constatar de inmediato lo absurdo de la suposición de que el mundo pasó a existir por casualidad. En resumen, quien recurre a la razón y a la conciencia puede reconocer los Signos de Dios con toda claridad. Un versículo del Corán se refiere a este tipo de gente:

que recuerdan a Dios de pie, sentados o echados, y que meditan en la creación de los cielos y de la tierra: “¡Señor! No has creado todo esto en vano. ¡Gloria Ti! ¡Presérvanos del castigo del Fuego!” (Corán, 3:191).

En el Corán Dios llama a la gente a reflexionar y a examinar los signos de la creación que le circundan. El Profeta Muhammad, Mensajero de Dios (la bendición y la paz sean con él –BP--), también ordenó a la gente la búsqueda del conocimiento. Incluso remarcó que es nuestra obligación. Dicen dos hadices (tradiciones) auténticos:

La búsqueda del conocimiento es una obligación de todo musulmán1.

Adquiere conocimiento y compártelo con la gente2.

Cualquiera que indague respecto de la forma en que operan el universo y las cosas vivientes y considere e investigue lo que ve en su entorno, llegará a percatarse de la Sabiduría, Conocimiento y Poder sin igual y sin fin de Dios. El Corán nos señala algunas de las cuestiones que El nos invita a sopesar:

¿No ven el cielo que tienen encima, cómo lo hemos edificado y engalanado y no se ha agrietado? Hemos extendido la tierra, colocado en ella firmes montañas y hecho crecer en ella toda especie primorosa, como ilustración y amonestación para todo siervo (de Dios) arrepentido. Hemos hecho bajar del cielo agua bendita, mediante la cual hacemos que crezcan jardines y el grano de la cosecha, esbeltas palmeras de apretados racimos, (Corán, 50:6-10).

Es Quien ha creado siete cielos superpuestos. No ves ninguna contradicción en la creación del Compasivo. ¡Mira otra vez! ¿Adviertes alguna falla? (Corán, 67:3).

¡Que considere el hombre de qué ha sido creado! (Corán, 86:5).

¿Es que no consideran (los infieles) cómo han sido creados los camélidos, cómo alzado el cielo, cómo erigidas las montañas, cómo extendida la tierra? (Corán, 88:17-20).

Vemos pues que los versículos mencionados determinan claramente que Dios convoca a la humanidad a estudiar y examinar los distintos elementos de la naturaleza, tal como los cielos, la lluvia, las plantas, los animales, la procreación y los rasgos geográficos sobresalientes. Y como ya lo indicamos, es por medio de la ciencia que debemos llevar adelante esta tarea. La observación científica introduce al ser humano en los misterios de la creación y, en última instancia, en la Sabiduría, Conocimiento y poder eternos de Dios. La ciencia es un camino para alcanzar la justa estima de Dios, razón por la cual, a través de la historia, un gran número de científicos que han prestado importantísimos servicios a la humanidad, fueron devotos creyentes en Dios.

 

La Fe en Dios Anima y Motiva a los Científicos

Como mencionamos antes, la religión anima a la ciencia y hace que los científicos guiados por la lógica fortalezcan su fe al captar los signos de la creación de Dios de manera consciente. En cada campo de investigación del que se ocupan y en cada descubrimiento que hacen, se confrontan con sistemas perfectos creados con una gran sutileza y precisión. Como expresó el Profeta Muhammad, Mensajero de Dios (BP): Quien investiga para obtener conocimiento es un devoto de Dios3.

El científico que investiga un sistema tan complejo y perfecto como el ocular, descubrirá que algo así nunca podría haberse desarrollado a través de un proceso o cadena de casualidades. Por el contrario, se dará cuenta de que cada detalle de la estructura del ojo es un milagro de la creación. Al constatar que dicho órgano está compuesto por docenas de componentes que operan en armonía, incrementará su admiración por Dios, Quien lo creó.

De manera similar, el científico que investiga el cosmos se encontrará con miles de equilibrios admirables y aumentará su sed de conocimiento al descubrir que miles de millones de galaxias y miles de millones de estrellas dentro de las mismas, continúan su existencia armónica en un espacio ilimitado.

El ser humano de fe tendrá siempre el acicate y la inspiración para conducir estudios científicos que lleven a descubrir los misterios del universo. Alberto Einstein, considerado el mayor genio del siglo pasado, se refiere en uno de sus artículos a la inspiración que obtienen los científicos de la religión: ... Sostengo que el sentimiento religioso que inspira el cosmos es el motivo más fuerte y noble para la investigación científica. Sólo aquellos que comprenden los inmensos esfuerzos que hay que invertir al efecto y, especialmente, la ineludible devoción que exige el trabajo de pionero en ciencia teórica, son capaces de entender la fuerza emotiva que dicho trabajo llega a hacer fluir, puesto que se trata de algo que tiene muy poco que ver con las realidades inmediatas de la vida. ¡Sin una profunda convicción en la racionalidad del universo y un deseo ardiente de entenderla, Kepler y Newton no habrían podido invertir tantos años de trabajo en soledad para elucidar los principios de la mecánica celeste!

Quienes sólo entienden como conocimiento científico la búsqueda de resultados prácticos, desarrollan una idea totalmente falsa de la mentalidad de las personas que, inmersas en un mundo de escépticos, han mostrado el camino a los espíritus afines ampliamente diseminados por el mundo a lo largo de los siglos. Sólo quienes han consagrado su vida a objetivos similares pueden lograr una vívida percepción de lo que ha inspirado a esas personas y les ha dado la fuerza para mantenerse fieles a sus propósitos a pesar de sus incontables fracasos. Es el sentimiento religioso cósmico lo que les da semejante fuerza. Un contemporáneo ha dicho, con razón, que en esta era materialista los trabajadores más serios son los profundamente religiosos4.

Johannes Kepler contó que se comprometió en el camino de la ciencia para ahondar en el conocimiento de los trabajos del Creador, en tanto que Isaac Newton, otro gran científico, manifestó que lo que más impulsó su interés por la ciencia fue su deseo de un mejor conocimiento y una mejor percepción de Dios.

Estas son las observaciones de sólo algunos de los más eminentes científicos del pasado. Al igual que otros centenares que veremos en las próximas páginas, su creencia en la existencia de Dios a través del estudio de distintas cuestiones del universo e impresionados por las leyes y los fenómenos que Dios ha creado de forma tan magnífica, anhelaban seguir adelante sus investigaciones.

Como vemos, el deseo de enterarse de qué forma Dios creó el universo, ha sido el factor más motivador para muchos científicos a lo largo de la historia. Esto es esencial, porque quien percibe que el universo, y todo lo viviente en particular, ha sido creado, también percibe que dicha creación tiene un propósito. La aspiración de comprender ese sentido, de descubrir sus señales y sus detalles, es lo que puede acelerar en gran medida la investigación científica.

Sin embargo, si se niega la creación del universo, y de lo viviente en particular, sucede que también desaparece el sentido más profundo de la investigación. El científico que acepta la filosofía materialista y el darwinismo, parte de la idea de que el universo no tiene un fin determinado y que todo es fruto de la simple casualidad. Por consiguiente, su investigación no tendrá un sentido categórico. Acerca de esto dijo Einstein: No he encontrado ninguna forma de expresar con más certeza la naturaleza racional de la realidad, hasta donde es accesible a la mente humana, que definiéndola como religiosa. En cualquier caso que este sentimiento esté ausente, la ciencia degenera en un empirismo desalentador5.

De ser así, el científico apuntará sólo a alcanzar la fama personal a través de un descubrimiento sorprendente, a ser recordado por la historia o a hacerse rico, cosas que pueden alejarlo de la sinceridad y la integridad en su disciplina. Por ejemplo, si la conclusión a la que llega se revela en contradicción con la visión existente en la comunidad científica, puede verse forzado a mantenerla como un secreto para no verse privado de la fama, calumniado o degradado.

La aceptación de la teoría de la evolución durante tanto tiempo en el mundo científico, es una prueba de esa falta de sinceridad. Gran cantidad de estudiosos son conscientes de que la teoría de la evolución dista mucho de explicar el origen de la vida pero no lo pueden manifestar abiertamente por miedo a una reacción negativa. El físico británico H. D. Lipson hace la siguiente confesión en esta línea de pensamiento: De la materia viviente conocemos mucho más que lo que sabía Darwin. Sabemos cómo funcionan los nervios y considero que cada uno de ellos es una obra maestra de ingeniería eléctrica. En el cuerpo tenemos millones... Cuando pienso en este tema, la palabra que me viene a la mente es “diseño”, cosa que no les gusta a mis colegas biólogos6.

La palabra “diseño” o “designio” es descartada en la literatura científica porque, simplemente, disgusta. Muchos estudiosos sucumben ante ese dogmatismo. Dijo Lipson en este sentido: En realidad, el evolucionismo se convirtió en una especie de religión científica. Casi todos los científicos lo han aceptado y muchos están dispuestos a “forzar” sus observaciones para que se ajusten al mismo7.

Esta situación indeseable es el resultado del engaño que representa una “ciencia sin Dios” impuesta de manera generalizada sobre la comunidad científica desde mediados del siglo XIX. Sin embargo, como afirmó Einstein, la ciencia sin la religión renquea8. Esto no sólo ha conducido a algunos científicos hacia objetivos equivocados sino que también ha dado lugar a la aparición de esos que, si bien reconocen el error, permanecen indiferentes o silenciosos respecto del mismo.

Nos ocuparemos más de este tema en las próximas páginas.

 

El “Ansia por Servir” de los Científicos Creyentes

 Debido a que los científicos que creen en la unicidad de Dios y su Omnipotencia no desean de modo especial las cosas mundanales (buena posición material, rango, reputación, dinero), encaran con total sinceridad la investigación a la que se dedican. Saben que cada misterio del universo que develen incrementará el conocimiento de Dios de toda la humanidad y ayudará a aumentar la consciencia de Su poder y conocimiento infinitos.

Un acto muy importante y verdadero de adoración por parte del creyente es confirmar a los seres humanos la existencia de Dios y exhibirles la realidad de la creación.

Los científicos creyentes, guiados por ese tipo de preocupaciones, llevan a cabo sus investigaciones con gran entusiasmo para descubrir los sistemas maravillosos y mecanismos perfectos que operan en la naturaleza, las leyes del universo y los comportamientos de los seres vivientes. Logran grandes resultados y hacen importantes progresos. Nunca se desalientan frente a los problemas que encuentran ni se descorazonan al no ser tenidos en cuenta por otros. Sólo buscan la aprobación de Dios por el trabajo que realizan.

Se esfuerzan sin límites y sinceramente con el objeto de servir a otros de la mejor forma posible, para agrado de Dios, lo cual los lleva a ser muy prolíficos y obtener resultados positivos.

Caen en un gran error quienes sostienen que la ciencia debe diferenciarse de la religión. Antes que nada, los que no creen en Dios no pueden experimentar el crecimiento espiritual que brinda la práctica religiosa. En consecuencia, los proyectos científicos que inician con ardor caen pronto en la monotonía y el desaliento. Lo único que les queda entonces es la búsqueda de beneficios mundanos. Por consiguiente, el interés en la investigación quedará condicionado a la obtención de riqueza, prestigio, etc. Por ejemplo, si un científico quiere tener renombre, desarrollará su investigación sólo en esos campos que le permitan alcanzarlo. No trabajará de manera gratuita en proyectos que sean de beneficio para la humanidad, salvo si sirven a su interés personal. De tener que elegir entre dos campos de investigación, se encaminará por el que le pueda proporcionar mayores réditos y descartará el otro, aunque sea más útil para la humanidad. En resumen, es muy raro que este tipo de científicos sea de provecho para todos los pobladores del mundo porque no sirven al bien común, al menos que les represente gratificaciones inmediatas. En la medida que desaparece la posibilidad del provecho individual, desaparece su disposición de servicio.

El Profeta Muhammad, Mensajero de Dios (PB), también se refirió al daño que puede ocasionar esa forma de pensar: No adquieran conocimiento sólo para polemizar con otros estudiosos y demostrar superioridad sobre ellos o para discutir con el ignorante o para atraer la atención de la gente9.

Por otra parte, el Profeta Muhammad (BP) alabó la difusión del conocimiento útil: Dios bendice a aquellos que instruyen a la gente con conocimientos provechosos10.

Al estudioso que cree en Dios, tiene motivaciones buenas y sinceras y es consciente de las bendiciones que recibirá, se le abren nuevas perspectivas no sólo en el campo de la ciencia sino en muchas otras esferas de la vida, como la del arte, la cultura, etc. Nunca siente decaer su espíritu elevado sino que se incrementa en gran medida.

 

 LA RELIGION AYUDA A QUE LA CIENCIA SE ENCAMINE DE MANERA CORRECTA

 La ciencia es la investigación del mundo material en el que vivimos por medio de la observación y la prueba. En consecuencia, conducirá a conclusiones diversas en función de los resultados de los análisis y experimentos realizados. Además, cada disciplina científica posee un cierto número de normas aceptadas como verdaderas aunque no se hayan verificado exhaustivamente. En la literatura científica se denomina “paradigma” a ese conjunto de normas.

Estos criterios iniciales marcan el curso de toda la investigación y el primer paso es la formulación de una “hipótesis”. Eso que se supone o postula debe pasar la prueba de la experimentación científica. Si la hipótesis se verifica, pasa a ser un “principio establecido o ley”. Si por el contrario, se desaprueba, deberá presentarse otra hipótesis y ponérsela a prueba nuevamente.

En la formulación de la hipótesis lo que más pesa, normalmente, es el punto de vista general de los científicos. Por ejemplo, si éstos adhieren a una visión espontaneísta, pueden basar su trabajo en una hipótesis que sostenga que “la materia tiene una tendencia a organizarse a sí misma sin la intervención de un agente consciente”. En consecuencia, durante muchos años llevarán a cabo investigaciones para intentar demostrar que dicha hipótesis se confirma en la práctica. Sin embargo, debido a que la materia no posee dicha capacidad, todos los esfuerzos que se hagan para verificarla estarán condenados al fracaso. Pero si se obstinan en su intento, la resultante será un gran gasto de tiempo y recursos.

Si el punto de partida se hubiese fundado en la idea de que “es imposible que la materia pueda organizarse sin un plan consciente”, la investigación habría seguido un camino más productivo y satisfactorio. El problema reside en que para establecer esta hipótesis se requiere una fuente de información decisiva que está en un plano más allá de lo científico. Dicha fuente es decisiva para no incurrir en esfuerzos inútiles durante años, decenios o siglos.

Esa fuente de la que hablamos es la revelación de Dios a la humanidad. Si Dios es el creador del universo, el conocimiento exacto e indiscutible de los temas científicos que abordemos derivan de El y, por lo tanto, de la información que nos suministra Su palabra, es decir, el Corán. Los datos principales son los siguientes:

1) Dios creó el universo de la nada, por lo que nada pasó a existir como resultado de sucesos azarosos o por propia determinación. De esto se desprende que en el universo o la naturaleza no hay un caos de acontecimientos casuales sino un orden perfecto creado por una determinación inteligente.

2) El universo material y en especial la Tierra en la que vivimos, están diseñados para permitir la vida humana. En el movimiento de las estrellas y planetas, en los rasgos geográficos sobresalientes, en las propiedades del agua y de la atmósfera, hay un propósito que hace posible la vida.

3) Todo lo que existe ha tomado forma porque Dios lo ha creado. Por consiguiente, las criaturas actúan por inspiración de Dios, como dice el Corán en el ejemplo de las abejas: Tu Señor ha inspirado a las abejas... (Corán, 16:68).

Estas son verdades absolutas que Dios nos ha comunicado a través del Corán. Si a la ciencia accedemos basados en dichas verdades, nos conducirá inevitablemente a un gran progreso y la humanidad obtendrá los mejores réditos de ella. Son muchos los ejemplos en la historia, de esto que decimos aquí. Los científicos musulmanes, al colocar a la ciencia en el lugar correcto, consiguieron forjar la más grande civilización mundial y los mayores logros en los siglos IX y X. Asimismo, los pioneros en todos los campos de la ciencia en occidente fueron grandes personas que creían en Dios e hicieron sus investigaciones para develar lo que El creó.

Einstein también sostenía que los científicos debían atenerse a las fuentes religiosas al establecer sus objetivos: La ciencia contribuirá, en el sentido más amplio, al logro de los objetivos determinados por la religión. Es decir, la ciencia sólo puede ser creada por quienes estén plenamente compenetrados de la aspiración por la verdad y el conocimiento. Y este sentimiento proviene de la esfera religiosa... No puedo concebir un científico genuino sin una fe profunda11.

Sin embargo, desde mediados del siglo XIX la comunidad científica se ha divorciado de dicha fuente divina y quedó bajo la influencia de la filosofía materialista.

El materialismo, una idea que la podemos remontar a la Grecia antigua, sostiene la existencia absoluta de la materia y niega a Dios. Esta visión penetró gradualmente en la comunidad científica y desde mediados del siglo XIX una parte considerable del conocimiento proveniente de allí se dedicó a respaldarla. Con ese propósito se formularon muchas teorías, como la llamada “modelo de universo infinito” que sugiere que el universo tiene una existencia infinita, o como la evolucionista de Darwin que supone que la vida es producto de la casualidad, o como la de Freud que sostiene que la mente humana se ubica exclusivamente en el cerebro.

Hoy día vemos, retrospectivamente, que las suposiciones presentadas por el materialismo fueron una pérdida de tiempo y energía para la ciencia. Durante decenios un gran número de científicos han derrochado sus mejores esfuerzos por intentar demostrar cada una de esas suposiciones, aunque los resultados las exhibieron siempre erradas. Los descubrimientos confirmaron lo proclamado por el Corán: el universo fue creado de la nada, fue preparado para albergar la vida humana y es imposible que la vida pasase a existir y se desarrollase por casualidad. Consideremos ahora estos puntos uno por uno.

 

El Tiempo Malgastado por la Ciencia Debido a la Obsesión

de los Materialistas con el “Universo Infinito”

 Hasta principios del siglo XX y bajo la influencia del materialismo, la opinión aceptada por la comunidad científica era la de un universo infinito, en sus dimensiones espacio-temporales, de existencia infinita. De acuerdo con este punto de vista --llamado “modelo de universo estático”-- el universo no tiene principio ni fin y es, simplemente, un conglomerado ilimitado de materia. El objetivo de esta teoría era demostrar que el universo no fue creado y así establecer la aceptación de la filosofía materialista.

Muchos científicos que profesaban el materialismo o eran influenciados por su filosofía, colocaron como fundamento de sus investigaciones el modelo de “universo infinito”. En consecuencia, todo el estudio en el campo de la física y astronomía se basó en la hipótesis de que la materia es eterna y durante algún tiempo muchos investigadores se afanaron por demostrar ese supuesto, pero la ciencia rápidamente hizo pedazos ese concepto erróneo.

El científico belga Georges Lemaitre fue el primero en reconocer la inexactitud del modelo de “universo infinito” y presentó una alternativa científica. Basándose en los cálculos del científico ruso Alexandre Friedmann declaró que el universo en realidad tuvo un comienzo y que se expande desde ese momento. Afirmó también que debía ser posible detectar la radiación residual del momento en que se originó. Debemos advertir que G. Lemaitre era sacerdote y creía firmemente en que el universo fue creado por Dios de la nada. Por lo tanto, su enfoque de la ciencia discrepaba del de los materialistas.

Con el paso de los años se confirmó la exactitud de las afirmaciones de Lemaitre. En primer lugar, el astrónomo norteamericano Edwin Hubble descubrió con su gran telescopio que las estrellas se movían alejándose de nosotros y una de otra. Esto significaba que el universo se estaba expandiendo y por consiguiente no era estático como suponían los materialistas.

En realidad, Einstein había calculado teóricamente poco antes que el universo no podía ser estático. Pero no insistió con esa teoría debido a la aceptación general de que sí lo era. Es decir, hasta esta personalidad considerada la más genial de su siglo, fue intimidada por el dogmatismo de la visión materialista y prefirió poner sordina a esa comprobación tan importante. Posteriormente se refirió a ese incidente como “el mayor error de su carrera”.

La expansión del universo señalaba otra importante verdad: si retrocedemos lo suficiente en el tiempo, todo se irá acotando hasta convergir en un solo punto. Los cálculos demostraron que ese punto tenía volumen cero y nuestro universo pasó a existir como resultado de la explosión del mismo, llamadaBig Bang”.

La afirmación de que el punto que explotó tenía volumen cero no es más que una expresión teórica que sugiere la carencia absoluta de todo. Es decir, el universo fue creado de la nada, como lo demuestra claramente el Big Bang. Sin embargo, aún se requirió más evidencia científica para que ello fuese aceptado ampliamente. George Gamow opinó en 1948 que si el universo se formó como resultante de una explosión espontánea y repentina, como sugirió Lemaitre, todavía debía existir una cantidad definida de radiación proveniente de la misma y debería ser uniforme en todo el universo.

La comprobación científica del postulado de Gamow estaba a punto de producirse. Los investigadores Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron en 1965 los restos de dicha radiación. Se la denominó “radiación cósmica de fondo”, estaba distribuida de manera uniforme en todo el universo y reverberaba desde el momento de la gran explosión o Big Bang. Penzias y Wilson recibieron el premio Nobel por su descubrimiento.

La NASA (Administración Nacional del Espacio y la Aeronáutica de los EEUU) lanzó al espacio el satélite COBE (Explorador Cósmico Ambiental) con el propósito de investigar la radiación mencionada. Los sensibles equipos del satélite confirmaron en minutos los niveles de radiación informados por ambos científicos.

Semejante hallazgo, que confirmaba la creación del universo de la nada con el Big Bang, hizo vacilar a los estudiosos materialistas. Eran testigos del colapso de todos sus trabajos de investigación, de todas sus hipótesis y teorías insubstanciales, una tras otra. El conocido filósofo ateo Anthony Flew comentó lo siguiente acerca de esta situación: La confesión, notoriamente, es buena para el alma. Por lo tanto, empiezo por confesar que el ateísmo Stratoniciano tiene que encontrarse turbado por el consenso cosmológico contemporáneo. Parece que los cosmólogos están suministrando la prueba científica de lo que Santo Tomás no pudo probar filosóficamente. Es decir, que el universo tuvo un inicio. En tanto que se pueda pensar como consuelo que el universo existe no sólo sin final sino también sin comienzo, es fácil argumentar que su existencia ilimitada y todo lo encontrado como rasgos fundamentales, debería aceptarse como la explicación última. Aunque creo que esto que digo es correcto, no resulta fácil ni consolador mantener esa posición frente a los argumentos del Big Bang12.

Como demuestra lo dicho, si una persona es ciegamente devota del materialismo, es difícil que acepte alguna evidencia en contrario. Aunque admita que la situación cambió, no se modifica su compromiso con el materialismo.

Por otra parte, muchos científicos que no se empecinan en sostener la inexistencia de Dios, aceptan actualmente que El creó el universo. Así lo hace William Lane Craig, conocido por sus investigaciones sobre el Big Bang: En realidad, dada la verdad de la máxima ex nihilo nihil fit (nada proviene de la nada), el Big Bang requiere una causa física sobrenatural. Puesto que la singularidad cosmológica inicial representa el límite de todas las trayectorias espacio-tiempo, no puede existir ninguna causa física (natural) para el Big Bang. La causa debe trascender los límites físicos del espacio y el tiempo: debe ser independiente del universo e increíblemente poderosa, además de ser una existencia dotada de una voluntad sin restricciones... La causa del origen del universo debe ser, por lo tanto, un Creador , Quien hace una determinada cantidad de tiempo hizo existir el universo por su libre decisión13.

Otra importante conclusión a extraer de la teoría del Big Bang es que, como ya mencionamos, el trabajo científico alcanza el éxito en su esfuerzo por descifrar los misterios del universo si se fundamenta en el conocimiento divino. Los científicos que provienen de una filosofía materialista fueron incapaces, a pesar del esfuerzo empeñado, de verificar la teoría del “universo infinito”. Sin embargo, la teoría del Big Bang que desarrolló Georges Lamaitre basándose en fuentes divinas, contribuyó al progreso científico y ayudó a develar el verdadero origen del universo. La ciencia está proveyendo prueba científica de aquello que fue sostenido primero por fuentes religiosas.

El repaso de la historia de la ciencia en el siglo XX nos llevará a encontrar casos similares a este del Big Bang en otros campos.

 

 El Atraso Científico que Produjo la Suposición de que

“En la Naturaleza no Existe Ningún Diseño”

Los materialistas manifiestan que el universo existió y existirá siempre y suponen que su existencia no implica ningún tipo de diseño o propósito. Sostuvieron y sostienen que el equilibrio, armonía y orden universal es únicamente el resultado de la casualidad. Esta pretensión dominó el mundo de la ciencia desde la segunda mitad del siglo XIX y dictó el curso de toda la investigación científica.

Algunos estudiosos presentaron la llamada “teoría del caos” para demostrar la ausencia de diseño o designio en el universo. Es decir, se les ocurrió que el orden puede presentarse espontáneamente en lo caótico. Para dar una respuesta a la pregunta “¿cómo se puede demostrar que el universo es producto del caos?”, desarrollaron cálculos matemáticos, trabajos en física teórica, pruebas físicas y experimentos químicos.

Pero cada nuevo descubrimiento negaba más aún la posibilidad de un orden a partir del caos y la creación del cosmos debido a la casualidad. Es decir, cada paso que daban revelaba la existencia de un designio que todo lo abarcaba.

Un conjunto de investigaciones que se llevaron a cabo a partir de 1960 demostraron que todos los equilibrios físicos en el universo han sido diseñados para hacer posible la vida. En la medida que avanzaban los estudios, se descubrió que cada una de las leyes de la física, la química, la biología y de las fuerzas fundamentales, como la de la gravedad o la electromagnética, así como las particularidades de la estructura de los átomos, han sido hechas a medida, de modo que el ser humano pudiese existir. Los científicos denominaron a ese designio extraordinario Principio Antrópico”.

Quedaba así demostrado que era una falacia contraria a ciencia el dictamen impuesto con bombos y platillos a la comunidad científica por la filosofía materialista, que se sintetiza de la siguiente manera: “el universo es un montón de materia sin sentido ni propósito que de un modo totalmente azaroso elabora cosas con un orden o lógica determinados”. El conocido biólogo molecular Michael Denton hace el siguiente comentario en su libro EL DESTINO DE LA NATURALEZA : Cómo las Leyes de la Biología Revelan un Propósito en el Universo: El nuevo cuadro que ha emergido en la astronomía del siglo XX presenta desafíos dramáticos a la presunción dominante en la comunidad científica durante la mayor parte de los últimos cuatro siglos, es decir, que la vida es una contingencia, un fenómeno periférico en el esquema cósmico... La evidencia dada por la cosmología y física modernas es exactamente la del tipo que buscaron y no encontraron en la ciencia de su época los teólogos de la naturaleza en el siglo XVII14.

Los “teólogos de la naturaleza” a los que se refiere Denton, son los estudiosos religiosos de los siglos XVII y XVIII que se esforzaron por demostrar la invalidez del ateísmo y la existencia de Dios en base a fundamentos científicos. Como afirma este biólogo molecular, el nivel de la ciencia de aquellos momentos no posibilitaba el logro de pruebas concluyentes para lo que se entendía como verdad. En consecuencia, se dio la paradoja de que creció la autoridad del materialismo porque se apoyaba en un nivel de conocimiento primitivo. Pero la ciencia del siglo XX modificó los criterios hasta poco antes en boga y proveyó evidencias concluyentes respecto de que el universo fue creado por Dios.

Un punto que es importante tener en cuenta es la extraordinaria cantidad de tiempo que se ha perdido en demostrar la ilusión materialista que sostiene que “el universo carece de todo tipo de designio”. Todas las teorías, fórmulas, estudios en física teórica, ecuaciones matemáticas, etc., que supuestamente confirmaban esa hipótesis, se exhibieron como esfuerzos inútiles. De la misma manera que las teorías racistas condujeron a desastres en la humanidad y a la segunda guerra mundial, la ideología materialista llevó al mundo de la ciencia hacia el oscurantismo.

Si la comunidad científica no hubiese centrado sus esfuerzos en la errada concepción materialista sino en la realidad de que el universo fue creado por Dios, la investigación científica hubiera tomado un camino más apropiado y prolífico.

 

 Los Esfuerzos de la Ciencia por Demostrar que la Teoría

de la Evolución es Correcta Causaron un Gran Daño

La aceptación de la teoría de la evolución de Darwin es el mejor ejemplo de cómo la ciencia puede ser guiada incorrectamente. Fue introducida en el orden del día del estudio científico hace unos 140 años y demostró ser la mayor falacia, aunque por mucho tiempo se consideró “correcta”.

La teoría de la evolución sostiene que la vida proviene de la configuración de la materia inanimada por medio de la casualidad y que los organismos que se formaron así evolucionaron y se convirtieron en otras criaturas, también por casualidad. El escenario central de los últimos 150 años ha sido el esfuerzo concertado por hallar una justificación científica al libreto evolucionista. Pero ese esfuerzo, irónicamente, probó exactamente lo contrario. La evidencia científica ha demostrado que el evolucionismo nunca tuvo lugar, que la posibilidad de la transformación gradual de una especie en otra es algo imposible y que cada una de las especies fue creada de modo singular sin que haya cambiado nunca su forma.

Sin embargo, a pesar de todas esas evidencias, los evolucionistas realizan estudios y experimentos incontables, escriben libros llenos de falacias y errores, establecen instituciones, dan conferencias y emiten innumerables programas de televisión para “demostrar” que la teoría darwinista es valedera. El haber utilizado a miles de científicos y abultados bienes para afirmar como cierto lo que no lo es, ha causado un gran daño a la humanidad. Si esos recursos hubiesen sido usados correctamente, se habrían dado grandes pasos y obtenido resultados positivos en las áreas más conducentes del estudio científico.

Por otra parte, un importante número de pensadores científicos se han percatado del grave error que se ha cometido al aceptarse la teoría de la evolución. Por ejemplo, el filósofo británico Malcom Muggeridge comentó: Personalmente estoy convencido de que la teoría de la evolución, especialmente en el grado en que ha sido aplicada, servirá para hacer uno de las mayores chistes en los libros de historia del futuro. Las generaciones por venir se maravillarán de que una hipótesis tan débil y tambaleante haya sido aceptada con la increíble credulidad en que lo es actualmente15.

El científico escandinavo Søren Løvtrup hace la siguiente observación en su libro Darwinismo: La Refutación de un Mito: Supongo que nadie negará que es una gran desgracia que una rama completa de la ciencia adhiera a una teoría falsa. Esto es lo que ha sucedido con la biología: durante un tiempo prolongado e incluso hoy día, se discuten, en el peculiar lenguaje darwinista, los conceptos de “adaptación”, “presión selectiva”, “selección natural”, etc., pensando que así se contribuye a la explicación de eventos naturales. Pero no es así... Creo que algún día el mito darwinista será considerado la mayor falacia en la historia de la ciencia16.

Una importante cantidad de científicos han reconocido que la teoría que defienden no se ajusta a la realidad y se sienten incómodos por eso.

El científico evolucionista Paul R. Ehrlich admitió en una entrevista con la revista Science, de manera indirecta, que la creencia ciega en la teoría de la evolución causa un gran daño a la ciencia: La perpetuación de la actual teoría (de la evolución) como dogma, no alentará el progreso hacia otras explicaciones más satisfactorias de los fenómenos observados17.

Ocupémonos ahora de todos los esfuerzos inútiles realizados para sostener la suposición no científica de la teoría evolucionista, lo cual ha costado a la ciencia un gran desperdicio de tiempo y recursos.

 

El Atraso que Ha Causado a la Ciencia la Creencia de que

“La Materia Inanimada Puede Originar Vida Por Sí Misma”

¿Cuál es el origen de la vida? ¿Qué es lo que distingue a un ave o a una jirafa de una piedra, del agua, de la tierra, es decir, de la materia inanimada?

La respuesta a estas preguntas ha sido objeto de curiosidad desde la antigüedad. Las visiones predominantes son dos: una de ellas es de la opinión de que entre la materia animada e inanimada existe una delgadísima línea divisoria que puede ser traspasada fácilmente y entonces la vida puede originarse de modo espontáneo de lo inanimado. Esta posición es llamada “abiogénesis” en la literatura científica.

La otra sostiene que hay una línea divisoria inviolable entre la materia viva y la inerte. De acuerdo a esta posición es imposible que los organismos animados se desarrollen a partir de la materia inanimada. Es decir, lo viviente puede desarrollarse solamente a partir de otro organismo viviente. Este punto de vista es llamado “biogénesis” y se lo puede resumir en la expresión “la vida proviene sólo de la vida”.

Significativamente, la idea de “abiogénesis” está conectada a la filosofía materialista, mientras que la idea de “biogénesis” proviene de fuentes religiosas. La filosofía materialista ha sostenido siempre que la materia inanimada puede dar lugar a organismos vivos. Los filósofos griegos creían que las formas simples de vida surgían continuamente de la materia inanimada.

Las fuentes divinas dicen, por el contrario, que el único que posee poder para dar vida a la materia inanimada es Dios. Leemos en el Corán:

Dios hace que germinen el grano y el hueso del dátil, saca al vivo del muerto y al muerto del vivo. ¡Ese es Dios! ¡Cómo podéis, pues, ser tan desviados! (Corán, 6:95).

 Suyo es el dominio de los cielos y de la tierra. El da la vida y la muerte. Y es omnipotente (Corán, 57:2).

En la Edad Media, época en que la gente poseía un conocimiento muy limitado de la naturaleza, prevalecía el punto de vista de la “abiogénesis” debido a ciertas observaciones o consideraciones erróneas. Quienes vieron que los gusanos se desarrollaban en un pedazo de carne al aire libre, pensaron que aparecían de modo espontáneo. La misma explicación le daban a la existencia de las ratas. Es decir, suponían que se originaban en los granos de trigo almacenados. Esta creencia se denominó también “generación espontánea” y fue ampliamente aceptada hasta el siglo XVII.

Esa suposición pasó al basurero de la historia gracias a los experimentos realizados por dos científicos de renombre. Uno fue Francisco Redi, quien demostró en 1668 que los gusanos que aparecían en el pedazo de carne expuesta al aire libre no se formaban espontáneamente sino que provenían de los huevos depositados por las moscas que se posaban allí. Con este descubrimiento los defensores de la “abiogénesis” aceptaron que si bien eso era lo que sucedía con los organismos grandes, como los gusanos o las ranas, los microorganismos invisibles sí surgían espontáneamente de la materia inerte. El debate continuó dos siglos hasta que el biólogo Luis Pasteur demostró que los microbios tampoco podían formarse de lo inanimado. El sabio francés resumió sus conclusiones así: ¿Puede organizarse la materia por sí misma? En otras palabras, ¿pueden pasar a existir sin padres o ancestros los organismos vivos? Es a esto a lo que hay que dar respuesta... Nada permite afirmar que los seres microscópicos no se originaron de otros que les antecedieron18.

Redi y Pasteur tenían algo en común: ambos creían en la existencia de Dios y que la vida fue creada por El. Esta creencia jugó un papel central en la determinación de lo absurdo que resultaba la idea de la “abiogénesis”. En efecto, mientras una serie de científicos influenciados por el materialismo suscribían ese punto de vista (Darwin, Haeckel, etc), otros que enfocaban la ciencia con un entendimiento distinto comprobaban la verdad de la “biogénesis”.

Pero los evolucionistas resistieron dicha realidad evidente y defendieron de modo obcecado la filosofía materialista, lo que dio lugar a una disputa inútil que duraría un siglo. Los científicos materialistas Alexander Oparin y J. B. Haldane establecieron la idea de “evolución química”: la “abiogénesis” no tuvo lugar en un tiempo breve sino en un período largo. Lo dicho condujo al mundo de la ciencia a un callejón sin salida y contribuyó a una gran pérdida de tiempo, además de estar en conflicto con ciertos principios científicos, especialmente con la Segunda Ley de la Termodinámica.

Una serie de investigadores se dedicaron a lo largo del siglo XX a realizar experimentos para comprobar la hipótesis de la “evolución química” o desarrollaron nuevas teorías para darle un fuerte respaldo. Grandes laboratorios, institutos de investigación y universidades se volcaron a esa tarea. Pero todos sus esfuerzos culminaron en el fracaso. El conocido evolucionista Klause Dose, director del Instituto de Bioquímica de la Universidad Johannes – Gutenberg, confesó que se vieron frustrados todos los intentos por producir evidencias a favor de la hipótesis que sostiene que la materia inerte produce materia viva: Más de treinta años de experimentos en los campos de la evolución química y molecular para determinar el origen de la vida en la Tierra, han conducido a una mejor percepción de lo inmensamente problemático que resulta, antes que a lograr resultados positivos. Todas las discusiones actuales sobre las teorías y experimentos principales en la materia, terminaron en un atolladero o en la confesión de ignorancia19.

Si el mundo de la ciencia no se hubiese obsesionado con la idea de la abiogénesis, que es una falacia materialista, todos los esfuerzos hechos en el nombre de la “evolución química” podrían haber sido canalizados hacia áreas más productivas. Si la comunidad científica hubiese partido del reconocimiento de que la vida es creada por Dios y que sólo El posee el poder para dar vida, todo ese tiempo y recursos desperdiciados se habrían ahorrado. En ese caso, la ciencia se hubiese concentrado en investigaciones y descubrimientos provechosos para la humanidad, en vez de intentar probar la veracidad de mitos de la Grecia Antigua.

Hoy día la comunidad científica está demostrando que la materia no viviente no puede autoorganizarse a través de sucesos casuales para luego juntarse con otras materias inertes y formar células muy complejas y perfectas. También es obvio que las millones de formas de vida que vemos alrededor de nosotros no pudieron formarse de modo accidental como suponen los evolucionistas. Por cierto, ni una rosa, ni un pavo real, ni una hormiga, ni un tigre, en otras palabras, ningún ser viviente puede pasar a existir por medio de la voluntad de células inconscientes construidas por la combinación de átomos inconscientes.

El propio científico que realiza amplios estudios en estos temas no es, en su constitución física y mental, de ninguna manera, el producto de la decisión tomada por átomos inconscientes.

Hay que tener en cuenta que en el Corán está escrito hace cientos de años que la vida fue creada por Dios de la “nada” y que sólo El “da vida”. Si la ciencia hubiese descubierto las implicancias de las verdades que Dios transmitió a la humanidad, no se habría “encaprichado” en investigaciones imprecisas durante un período de tiempo tan largo.

 

Los Esfuerzos que Derrochó la Ciencia para Intentar

Demostrar la Supuesta “Evolución de las Especies”

 En la Tierra existen miles de especies vivientes que difieren entre ellas de las más distintas maneras. Consideremos, por ejemplo, los caballos, las aves, las serpientes, las mariposas, los peces, los gatos, los murciélagos, los gusanos, las hormigas, los elefantes, los mosquitos, las abejas, los delfines, las estrellas de mar, las medusas, los camellos... Todas las formas de vida difieren entre sí en sus características físicas, particularidades del lugar donde habitan, técnicas de caza, técnicas de defensa, hábitos de alimentación, formas de reproducción, etc.

¿Cómo pasaron a existir criaturas con tantas diferencias?

Quien reflexione acerca de esta pregunta recurriendo a su facultad de razonamiento, descubrirá que todas han sido diseñadas así, es decir, han sido creadas. Cada diseño prueba la existencia de un diseñador inteligente. Es decir, lo viviente, como la naturaleza en su conjunto, demuestra la existencia de Dios.

Esta verdad nos ha sido revelada a través de la religión. En el Corán se nos informa cómo pasaron a existir las criaturas: todas fueron creadas por Dios, Quien con Su poder y conocimiento infinitos las equipó con características distintas, haciendo de ese modo que la humanidad se entere de Su potestad y sapiencia. Algunos versículos coránicos se refieren a la creación de lo viviente:

Entre Sus signos figuran la creación de los cielos y de la tierra, los seres vivos que en ellos (es decir, en los cielos y en la tierra) ha diseminado y que, cuando quiere, puede reunir (Corán, 42:29).

 Dios ha creado a todos los animales del agua: de ellos unos se arrastran, otros caminan a dos patas, otros a cuatro. Dios crea lo que quiere. Dios es omnipotente (Corán, 24:45).

 Ha creado los cielos sin pilares visibles. Ha fijado en la tierra las montañas para que ella y vosotros no vaciléis. Ha diseminado por ella toda clase de bestias. Hemos hecho bajar agua del cielo y crecer en ella toda especie generosa. Esta es la creación de Dios. ¡Mostradme, pues, qué han creado los otros dioses que hay fuera de El! Sí, los impíos están evidentemente extraviados (Corán, 31:10-11).

Hay, en verdad, en los cielos y en la tierra signos para los creyentes. En vuestra creación (es decir, en la creación de los seres humanos) y en las bestias que El esparce hay signos para gente que está convencida (de la Verdad) (Corán, 45:3-4).

Después de reconocer la realidad de la creación los científicos establecieron diversas disciplinas, como la biología, la anatomía y la paleontología, plenamente conscientes de que todo lo viviente fue creado por Dios. Entre esos estudiosos destacados tenemos a: Carl von Linneo, conocido como “el padre de la taxonomía vegetal” y en consecuencia el pionero en la clasificación definida de las plantas; Georges Cuvier, fundador de la ciencia de los fósiles y de la anatomía comparada; Gregory Mendel, quien dio inicio a la ciencia de la genética y descubrió las leyes de la herencia; Louis Agassiz, considerado el principal biólogo del siglo XIX.

Luego, con la introducción de la teoría de la evolución de Charles Darwin, el mundo de la ciencia se esforzó por demostrar que “las especies evolucionaron una de otra”. Eso llevó a los científicos a investigaciones largas e infructuosas. Se pasó a buscar fósiles en todo el mundo con la idea de encontrar los restos de existencias constituidas por partes de dos especies distintas, es decir, criaturas intermedias entre una especie y otra, que justifiquen lo aseverado. Además se fabricaron escenarios imaginarios para explicar cómo se habría producido esa evolución. Y esto que era una simple especulación empezó a aparecer en publicaciones científicas y eventualmente fue enseñado en las escuelas como algo real y comprobado.

Conviene repasar algunos de esos escenarios para demostrar cómo los evolucionistas ligaron a la ciencia con sus propias fantasías alocadas. Por ejemplo, la historia que transcribimos a continuación fue publicada en un artículo evolucionista que se ocupa de la supuesta transición de los reptiles a los mamíferos: Algunos de los reptiles de las regiones más frías comenzaron a desarrollar un método para mantener caliente sus cuerpos. Consiguieron producir un aumento del calor corporal en la medida en que el clima era más frío y evitar su pérdida achicando las escamas, haciéndolas más puntiagudas y, por último, convirtiéndolas en piel. Otra adaptación para regular la temperatura del cuerpo fue incorporar a éste la transpiración, es decir, un mecanismo que enfría todo el organismo por medio de la evaporación de agua. Además, accidental o casualmente, las crías pasaron a lamer el sudor de la madre para alimentarse. En consecuencia algunas glándulas comenzaron a producir una secreción cada vez más rica, la que eventualmente se convirtió en leche. De ese modo las crías de los primeros mamíferos comenzaron a llevar un mejor tipo de vida20.

Para sustentar la hipótesis evolucionista era necesario probar de modo científico acontecimientos imposibles, como la transición del sudor a leche y de las escamas a la piel. Ello hizo que miles de estudiosos desperdiciasen su tiempo intentando verificar semejantes supuestos. En realidad, ninguna de dichas transiciones es posible. Es absolutamente imposible que el sudor haya evolucionado hasta convertirse en leche, la cual contiene todo lo necesario para el desarrollo del bebé. Se trata de una sustancia que se regula especialmente, en concordancia con las necesidades y con cada fase de la criatura que la toma. Es decir, lo que encuentra la criatura en la leche de la madre es exactamente lo requerido para cada momento de su desarrollo.

Por ejemplo, en el momento en que el bebé necesita potasio, la leche es más rica en potasio. Lo mismo sucede con todos los demás componentes que vaya a necesitar en sus primeros años de desarrollo. Por supuesto, es imposible que esa concordancia se dé como producto de la casualidad.

Por otra parte, es imposible la evolución de las escamas de los reptiles hasta convertirse en el pelaje de los mamíferos, pues ambos elementos poseen estructuras completamente distintas:

1) El pelaje es folicular, es decir, crece de un saco (folículo piloso), a diferencia de las escamas, que son estructuras planas dentro de la piel. Además, las escamas se desarrollan, crecen y se desprenden de un modo absolutamente distinto de como lo hace el pelaje. No tienen nada en común.

2) No hay ninguna evidencia científica que sugiera que el pelaje sea el producto de una evolución a partir de las escamas. Los evolucionistas no poseen evidencia fósil alguna que demuestre esa suposición, de la misma manera que no pueden presentar ningún mecanismo lógico que haga posible esa transformación.

Es decir, todas las suposiciones como estas dos mencionadas colisionan claramente con la realidad científica.

Lo dicho respecto de la conversión de reptiles en mamíferos no es la única fábula anticientífica. Cada evolucionista elabora su propio “libreto”. Así se inventaron muchos escenarios para hacer creer que los dinosaurios evolucionaron en aves, como el que relata que dichos reptiles comenzaron a volar mientras cazaban moscas. Otro cuento nos dice que desarrollaron alas mientras saltaban de un árbol a otro. Finalmente la ciencia se fue acostumbrando a “demostrar” esos escenarios creados por la imaginación de los evolucionistas. Hasta ahora muchos científicos han llevado a cabo investigaciones para “comprobar” cómo los dinosaurios pudieron haber comenzado a volar mientras corrían o saltaban de las ramas de los árboles, e invirtieron años para “evidenciar” cómo las escamas se convirtieron en las plumas de las aves. Uno de ellos, el conocido científico ornitólogo Alan Feduccia, se pasó la vida trabajando en este tema. Después de 25 años de investigación buscando una conexión entre dinosaurios y aves, hace la siguiente confesión: Bien, he estudiado cráneos de aves durante 25 años y no encuentro similitudes de ningún tipo. No las veo... El origen de las aves terópodas, en mi opinión, será la más grande dificultad de la paleontología del siglo XX21.

Los escenarios evolucionistas no se limitan a lo dicho. Como admitió el paleontólogo evolucionista Dr. Colin Patterson, Existe una tremenda cantidad de fábulas, una más imaginativa que otra, sobre la naturaleza de esas historias de vida22.

Los darwinistas proponen también la fantástica suposición de que los mamíferos marinos --ballenas, focas, delfines-- llegaron a ser tales después de evolucionar a partir de osos nadadores. Incluso, para dar fundamento a ese escenario, produjeron teorías acerca de criaturas semiballenas y hasta de “ballenas caminantes”.

El problema no está en que los evolucionistas sueñen y crean en los escenarios que se les ocurran sino en que derrochan los recursos científicos y el tiempo en todo el mundo esperanzados en encontrar pruebas que justifiquen sus pretensiones. Dijo el conocido científico evolucionista Pierre Paul Grassé acerca de esos escenarios: No existe ninguna ley que prohiba soñar despierto, pero la ciencia no debe entregarse a esa práctica23.

La ciencia continuará dándose la cabeza contra la pared en sus intentos por demostrar esos mitos en la medida en que los científicos sigan fundamentándose en hipótesis incorrectas como las del darwinismo. Sólo el reconocimiento de la verdad de que todo ha sido creado pondrá fin a esos esfuerzos vanos que inhiben el progreso de la ciencia. Como mencionamos antes, todas las criaturas fueron creadas por Dios, una por una. Sus características físicas, hábitos de alimentación, técnicas de caza y defensa, la forma en que nutren a sus vástagos, etc., reflejan compatibilidades perfectas. No tiene sentido investigar cómo la casualidad dio lugar a esos procedimientos tan armoniosos. La perfección que exhiben no pudo pasar a existir de modo fortuito sino, solamente, a través del poder y control de nuestro Señor, el Creador Supremo. Por consiguiente, sería mucho más valioso investigar lo posible de verificar y sus particularidades, antes que producir escenarios completamente imaginarios. Lo importante es que esa investigación nos ayudará a conocer mejor a Dios, el Todopoderoso, Quien creó a los seres humanos y a todo el universo de la nada.

 

El Atolladero de las Mutaciones

Otra aseveración de los evolucionistas que provocó una gran pérdida de tiempo a la ciencia, fue la ilusoria búsqueda de “mutaciones benéficas”.

Las mutaciones son cambios que ocurren en el código genético de un organismo por efectos de las radiaciones, sustancias químicas, etc. Aunque los darwinistas suponen que lo viviente evolucionó a través de mutaciones, estas son casi siempre dañinas porque causan desórdenes orgánicos. El escape de radiación en Chernobyl constató, desgraciadamente, los efectos nocivos de las mutaciones. Luego de ese desastre muchas personas empezaron a padecer de leucemia y distintos tipos de anormalidades muy serias, como las deformaciones físicas en los recién nacidos.

El neodarwinismo les dio el carácter de “mecanismo evolutivo” a dos procesos negativos. Uno de ellos es el de la mutaciones. Por lo tanto se vieron obligados a demostrar que podían dar lugar a efectos beneficiosos en lo que a la evolución concierne. Sin embargo, como explicamos antes, las mutaciones son siempre dañinas y nunca se ha observado que conlleven a la evolución.

Con una tenacidad sorprendente proyectaron modelos de mutaciones artificiales y trabajaron durante decenios con miras a lograr una beneficiosa. Por ejemplo, numerosas veces provocaron mutaciones en la moscas de la frutas esperanzados en “llegar a mejorar el código genético”. El resultado fue un fracaso total. El evolucionista Michael Pitman hizo la siguiente observación acerca de estos dilatados experimentos en el campo de las mutaciones, realizados con el objeto de que conduzcan a algo concluyente: Morgan, Goldschmit, Muller y otros genetistas han sometido varias generaciones de moscas de la fruta a condiciones extremas de calor, frío, luz, oscuridad, radiaciones y exposición a agentes químicos. Se produjeron diversos tipos de mutaciones, prácticamente todas irrelevantes o abiertamente nocivas. ¿Consiguió el ser humano reproducir la evolución? En realidad, no. Pocos de los monstruos creados podrían haber sobrevivido fuera de las probetas en las que fueron engendrados. En la práctica, los mutantes mueren, son estériles o tienden a volver al tipo original24.

También Gordon Taylor, otro conocido evolucionista, dijo que se perdieron cincuenta años con los experimentos sobre mutaciones: En los miles de experimentos de reproducción de moscas llevados a cabo en todo el mundo durante más de cincuenta años, nunca hemos visto que aparezca una especie nueva o, aunque más no sea, una enzima nueva25.

Las experiencias de los evolucionistas en otras áreas de la ciencia no han sido diferentes. No obstante, a pesar de toda la evidencia científica en contra, consideran que esa persistencia (irracional) en el error es “perseverancia científica”. Pero su comportamiento no es tal sino resistencia u oposición a los principios de la ciencia.

 

El Atolladero en el Campo de los Fósiles

Otro ejemplo de la pérdida de tiempo de la que es responsable la teoría de la evolución lo encontramos en el callejón sin salida al que fue empujada la paleontología. Nadie duda de que los estudios paleontológicos son fundamentales para la comprensión de la historia de la vida en la Tierra. Sin embargo, los preconceptos erróneos de la teoría de la evolución tuvieron un efecto negativo en los mismos y llevaron a los científicos a conclusiones equivocadas. Los paleontólogos que investigan “el origen del ser humano” se ven en apuros: todas las investigaciones llevadas a cabo para encontrar una criatura semisimia, semihumana, han sido una completa pérdida de tiempo.

Debemos mencionar que la búsqueda de fósiles se hace bajo condiciones muy difíciles y requiere presupuestos elevados. Las excavaciones realizadas por numerosos investigadores en los últimos ciento cincuenta años en regiones como las de los desiertos africanos y en campamentos bajo el sol ardiente, con presupuestos de millones de dólares, no han brindado resultados concretos. El conocido paleontólogo Richard Leakey y el renombrado escritor científico Roger Lewin, hicieron la siguiente confesión acerca de la carencia de resultados de esos estudios: Si alguien se toma el trabajo de coleccionar en una habitación todos los fósiles encontrados de nuestros ancestros (y sus parientes biológicos) que vivieron, digamos, entre cinco millones y un millón de años atrás, para exponerlos necesitará solamente un par de caballetes y dos tablones grandes. ¡Y como si esto no fuese bastante lamentable, una simple caja de zapatos sería más que suficiente para acomodar los fósiles de homínidos con una antigüedad de entre quince y seis millones de años!26.

Todas esas tareas fueron un desperdicio de tiempo, conocimiento, trabajo, dinero y recursos, consideradas equivocadamente “en función de la ciencia”. En todo el mundo, miles de universidades, instituciones y organizaciones científicas, millones de científicos, instructores y estudiantes, laboratorios, expertos, equipos técnicos e incontables recursos, han sido consagrados al servicio de un argumento falso. El resultado concreto de todo esto es “nada”, pero así y todo se sigue en esa línea de acción aunque los nuevos descubrimientos siguen exponiendo la falacia de la hipótesis evolucionista.

El científico darwinista S. J. Jones explica en un artículo publicado en la revista Nature las dificultades de la paleoantropología, del estudio de los fósiles y de la investigación sobre el origen del ser humano: Parece que los paleoantropólogos cubren la falta de fósiles con un exceso de entusiasmo y esta debe ser ahora la única ciencia en la que aún es posible hacerse famoso sólo por tener una opinión. Como dijo un cínico, en paleontología humana el consenso lo tiene quien grita más fuerte27.

 

Los Daños que Causan a la Ciencia Quienes Niegan

la Existencia de un “Diseño Perfecto en la Naturaleza”

 Negar el hecho de la creación, es decir, la existencia del “diseño” en la naturaleza, significa impedir la investigación científica. El estudioso que es consciente de esa existencia emprende sus estudios con el objeto de investigarlo y llegar a conocer cuál es su propósito. Pero un evolucionista no tendrá la misma meta debido a que considera que la naturaleza es un amontonamiento de materia sin ninguna intención.

El físico y filósofo norteamericano William Dembski, es otro de los que sostiene que en la naturaleza hay un “diseño” y dice que el punto de vista evolucionista, al negar la existencia de un propósito en la misma, detiene el progreso científico. Ejemplifica esto valiéndose del término “ADN chatarra” usado por los darwinistas. (Denominan así a los elementos del A